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En un breve espacio de tiempo, las personas mayores de 18 años estamos convocadas a depositar nuestra esperanza en las urnas. A raíz de ese momento, oiremos insistentemente la expresión “voto útil”. Curiosamente, cada cual tiene una interpretación distinta de lo que significa “utilidad”, o lo que es similar: desperdiciarlo.
El verdadero voto útil es aquel que se deposita en una urna. Todas y todos a votar: Esa es la regla básica de la democracia. Lo inútil es abstenerse, no hacer valer el poder que la democracia deposita en las personas con uso de razón y no solo de pasión. Y que ese voto vaya intrínsecamente ligado a las propias convicciones o proyectos políticos que cada cual tenga. Así debería ser, pero no. Entonces se pone en marcha una operación que es bien sencilla y conocida por quienes pintamos canas: Se invoca el peligro de una victoria de la derecha ultra y/o , al revés, de la ultraizquierda más radical. Se agitan las encuestas. Se advierte de los riesgos de la fragmentación. Y se invita al elector /electora a realizar un sacrificio en nombre de un bien mayor.: “No votes a quien mejor representa tus ideas, o en el proyecto político que deseas, sino a quien tiene más posibilidad de obtener más escaños”. Y así, poco a poco, la libertad de elegir corre el riesgo de convertirse en la obligación de renunciar. Y, como consecuencia, siempre triunfa el mal menor. ¡Qué casualidad! Esta operación se calca milimétricamente desde 1977 hasta nuestros días. Tenemos un sistema electoral emanado de la “famosa y modélica Transición”, heredera del siglo XIX (Cánovas y Sagasta). De aquellos polvos estos lodos, y, por ende, diseñado para la prevalencia de la monarquía borbónica y de dos partidos con un sistema de reparto de escaños, muy poco representativo: el tamaño de las circunscripciones, el sistema de listas cerradas y bloqueadas por los partidos etc. De ahí se deriva esa tenaz batalla por la búsqueda del voto útil. Pero hay una pregunta que rara vez ocupa el centro del debate: ¿Útil para quién? ¿Para la ciudadanía que aspira a transformar la realidad o para los partidos del sistema que necesitan conservar su espacio electoral, o sea sus privilegios en las instituciones?
Ante el actual panorama político y mediático caracterizado por la crispación calculada y consciente por quienes mueven los hilos ocultos del verdadero poder, o sea que permiten que se puedan efectuar cambios superficiales para que en esencia todo permanezca igual y no altere las estructuras del poder subyacente. Llámese monarquía borbónica o llámese Régimen del 78. Tanto monta, monta tanto. Porque una cosa es advertir al electorado de las consecuencias de su elección y otra muy distinta culpabilizarlo por votar de acuerdo con sus convicciones. Porque cuando el miedo sustituye la esperanza, la política deja de proponer un futuro y se limita a administrar amenazas. Porque la utilidad política no se debe medir exclusivamente por la aritmética parlamentaria, también debería medirse por la capacidad de defender ideas, modificar decisiones y abrir caminos que antes parecían impensables.
La consecuencia debería ser que el voto verdaderamente útil sea aquel que contribuya a acercarse a la sociedad que cada cual desea. Y si las fuerzas políticas que dicen defender esa sociedad no son capaces de entenderse, quizás el problema no esté en que la ciudanía desperdicie su voto sino en que quienes aspiran a representarla estén desperdiciando su confianza, como por ejemplo incumplimientos de sus promesas electorales.
Con esta reflexión he intentado ofrecer otra forma de ver las cosas. Para terminar me aferro a dos figuras históricas que para mí son faros en las noches más oscuras y son: Sabina y Julio Anguita.
Joaquín Sabina con su estrofa: “Nunca gana el ganador. Siempre pierde el perdedor” Brama el rey Borbón para mantener calentito su eterno sillón. Gatopardismo puro.
También apelo a la figura histórica de la izquierda española que se enfrentó sin su Sancho a los potentes molinos del Régimen heredado tras la muerte del dictador Franco, y que no tenía pelos en la lengua y sí mucha dignidad y coherencia que le rebosaban por las orejas: Julio Anguita que no eximía de culpa a los ciudadanos. Sostenía firmemente que un pueblo engañado de forma reiterada acaba siendo cómplice de sus gobernantes. Solía arremeter contra la queja pasiva de quienes vuelven a votar las mismas opciones que han incumplido sus promesas, recordándoles que “quien vota a los corruptos los legitima, los justifica y es tan responsables como ellos”. Exigía dejar el lamento a un lado y asumir la responsabilidad directa frente a las urnas. Frente a las tertulias estridentes y los discursos vacíos diseñados para dividir a la sociedad mediante debates identitarios y banderas, el histórico líder recordaría su máxima más conocida: «Programa, programa, programa». Invitaría a apagar el televisor y las redes, a aparcar el enfrentamiento superficial y a forzar a la clase política a rendir cuentas estrictas sobre los problemas reales: salarios, vivienda, sanidad y servicios públicos, la honradez debe medirse por las acciones y el ejemplo, por encima de la ideología.
Y el 29 de noviembre: todas y todos a votar, a rebozar las urnas del verdadero poder del pueblo. “A desalambrar. A desalambrar que el poder es nuestro, tuyo y de aquel. De Pedro y María. De Juan y José”...





