Sabemos y podemos afirmar que las palabras tienen la función de describir realidades y también de modificarlas e incluso destruirlas. En los últimos meses, hay una palabra que resuena cada día con una insistencia machacona, como el soniquete de un martillo en una fragua, y esa palabra es GUERRA; guerra. guerra, guerra… Cada día se cuela más y más en nuestras bocas y, aún peor, enraíza en nuestras mentes. Cuando escuchamos y decimos repetidamente la palabra «guerra», nuestro cerebro activa un marco emocional específico: amenaza, urgencia, bandos, enemigos, mecanismos de defensa etc., en definitiva, nos hace mirar el mundo de una forma particular, incluso a nosotras y nosotros mismos. La lógica se simplifica, ya no se trata de matices, sino de trincheras, y se instala una mentalidad binaria: conmigo o contra mí. Entonces procedemos a transformar la percepción colectiva y justificar lo que antes era injustificable, a endurecer posturas y a reducir espacios para el diálogo, que es la condición que se nos atribuye a los humanos; por consiguiente, nos deshumanizamos. Si todo es guerra, todo se convierte en combate.
El lenguaje no es neutro e imparcial, y esta palabra: «guerra» suele llegar acompañada de una fuerza gigantesca y etérea: la desinformación. Se suele decir que en tiempos de guerra las primeras asesinadas son la verdad y la ética. Y en este entorno digital saturado que tenemos, las noticias falsas, los titulares diseñados para provocar y esos algoritmos que premian el enfrentamiento y la polarización hacen su agosto, nadan como peces en el agua. O sea, nos hacen rehenes. La combinación de «guerra» y desinformación tiene un efecto poderoso: activa el miedo. Y el miedo es una emoción primaria que reduce nuestra capacidad crítica. Cuando tenemos miedo, buscamos seguridad inmediata, no reflexión profunda. Resulta que vemos que el enemigo es Rusia o Cuba o Venezuela o China o Corea del Norte o Palestina o Irán o Plutón… y somos incapaces de vislumbrar que el verdadero monstruo es quien señala a esos otros. Porque es ese tangible e histórico monstruo quien tiene sembradas sus bases militares por casi todo el mundo, según ellos para salvaguardar la democracia, es quien posee esa gran lavadora de mentes llamada Hollywood. Es ese monstruo quien ataca, incluso ya sin filtro internacional. Es ese mismo monstruo el que nos conduce a que siempre terminemos sentenciando y crucificando al inocente.
Frente a este panorama, el desafío no solo es informativo, sino lingüístico y cultural. Recuperar el sentido preciso de las palabras es también recuperar nuestra autonomía mental. No todo es guerra. No todo desacuerdo tiene que terminar en una batalla. No todo conflicto exige un enemigo. Para eso se crearon instituciones que sirvieran de freno a esos ímpetus. No deseo que estas mis palabras escritas en este artículo desemboquen en desasosiego. Por eso busco los versos de Sabina: «están en guerra están el hombre, la mujer. El tonto, el listo, el gordo y el flaco, el negro y el blanco, el debe y el haber, Mesalina y el tío del saco, desde la Conchinchina hasta el Magreb…» y si es así, se pregunta: «¿por qué no hacemos las paces? Mientras la Tierra gire y nade un pez. Hay vida todavía». Por consiguiente, sembrar también esperanzas, y que ojalá se esparzan con la misma intensidad en nuestras mentes las palabras y los hechos de quienes han sido labradores de paz: Gandhi, Jesucristo. Rigoberta Menchú, Pepe Mujica, Malala Yousafzai, Nelson Mandela y tantas otras personas o mitos… «Mientras la Tierra gire y nade un pez. Hay vida todavía».





