Artículo completo
Todo el mundo se equivoca, para eso somos humanos (Bueno, unos más y otros menos). La cuestión es que no todos los errores son idénticos, ni del mismo tipo y sobre todo, no todos tienen las mismas consecuencias. El de un arquitecto puede provocar una catástrofe; es más difícil el mismo resultado en el de un albañil. Las personas responsables por su posición, o su especialidad, o capacidad para decidir, quienes tienen poder, tienen mucha más trascendencia, aunque se les trate igual y muchas veces incluso se les disculpe antes que a un ciudadano normal. Si un funcionario equivoca una valoración, un impuesto o una multa, provoca daño a una persona. Si encima se enroca en sí mismo y se niega a rectificar, o si simplemente, más frecuente que simple, prolonga la solución en el tiempo, está aumentando el perjuicio a un inocente. Algo parecido ocurre si se trata de un juez, o de los legisladores, a quienes la comodidad y buena remuneración de su trabajo no siempre les incita a prestar atención a las necesidades de los demás y menos aún si esas necesidades son las de las clases menos favorecidas.
Cualquier acción equivocada en la cúspide provoca un perjuicio eludible, pero no siempre se elude o no se rectifica como es debido. Peor aún si no se trata de error, sino de horror, de intención expresa, porque la representación de la población, sólo es sustitutiva de la participación directa, ante la imposibilidad asamblearia por el nivel de población actual. Por eso las cámaras legislativas, más que nadie, tienen una altísima responsabilidad y en cambio el único medio de corrección admitido por las leyes, leyes decididas y elegidas por ellos mismos, sería negar el voto a ese grupo en la siguiente ocasión. Decisión relativamente voluntaria, y esto ya es una deformación clara, debido a los medios con que cuentan los candidatos, completamente ajenas a sus propios méritos. Cuando a veces alguno o algunos lo hagan mejor, cuando se acercan a su compromiso, es cuando empiezan a cumplir con su deber.
En el caso de las dos cámaras de las Cortes Generales, cada una fue creada con un fin distinto, para que pudieran ser complementarias. Sin embargo el Senado ha quedado en “Cámara de los horrores”. Algo falló en el diseño, porque durante bastantes años, demasiado tiempo, el Senado, Cámara de representación territorial, parece haber estado muda. Debe ser que los senadores no han llegado a comprender el significado de Representación territorial. Se trata de la organización territorial y administrativa, en la presente Constitución, las comunidades autónomas. No cabe duda: no entenderlo significa también prestarse más a su partido que al territorio teóricamente representado. En este momento representar se ha cambiado por obedecer a los intereses particulares de su respectivo partido y abandonar los de quienes les han elegido, lo cual al menos debería estar legislado, por traición punible.
El sistema no ha fracasado. Ha fallado con estrépito.
Y ahí, en esa obediencia plena de los parlamentarios a su partido, en ese estado de dependencia en los intereses de su partido con abandono de los de la mayoría electora, es decir, quienes los han nombrado, un partido ha visto una salida que ni los variopintos redactores, unos con satisfacción, otros con miedo y otros con miedo fingido, habían previsto.
Por ese método el Senado ha pasado a ser de “la Cámara de los asentimientos”, al brazo ejecutor de un partido, para que el ayuserismo y su cabeza visible, Alberto, el amigo del narco, el de las grandes promesas, contradictorias con su recorrido político pueda obtener cuanto en lealtad política no puede. Aunque el rechinar de sus dientes se los pueda gastar, por la desazón, la desilusión, el trauma de no haber ganado el puesto de presidente y no haber podido satisfacer con plenitud, todos los compromisos y favores exigidos por los amigos, quienes comparten sus mismas ideas y además gozan de más dinero que él. Y como el dinero es poder, pues ya se sabe.
Pero en honor a la limpieza de una democracia tan “perfecta y bien construida” como el más radical de los regímenes totalitarios europeos, esa situación se debe terminar. Y las nuevas Cortes tienen el deber ineludible de reformar el Senado, para que ni el PP ni ningún otro partido, pueda en el futuro hacer un uso personalmente interesado en favor de sí mismo. El acuerdo pleno de los partidos demócratas para ganar espacio en el Senado, cubre esa necesidad, es el principio. A partir de ahí, aún a costa de algún “hara kiri”, si a alguien fuera necesario, el Senado debe convertirse en una Cámara absolutamente democrática, entendiendo por democrática, plenamente representativa de toda la variedad política y territorial del Estado, para que nunca más sea “La Cámara de los errores”.





