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Democracia liberal y obediencia atlántica

· 4 min · IRR-2 · antonioduran

Vuelvo, tras varios meses de meditación, a reaparecer y sentarme en el diván que me ofrece TuPeriódico para expresar y compartir ideas con vosotras y vosotros en estos tiempos convulsos.

En Europa se repite como un dogma de fe que la democracia liberal representa el punto más alto de la libertad política. Se nos dice que votar equivale a decidir y que la alternancia de partidos garantiza pluralismo. Sin embargo, basta observar con atención para comprobar que, bajo la superficie electoral, el margen real de decisión es estrecho. Se vota gobiernos, pero no se vota poder.

Las grandes orientaciones económicas permanecen intactas: disciplina presupuestaria, prioridad de los mercados, subordinación a instituciones no electas y alineamiento militar con el bloque atlántico. Cambian los gestores, no el rumbo. La política se ha convertido en administración de lo posible, y lo posible lo fija el capital.

En España, este fenómeno tiene raíces claras. La Transición fue presentada como una ruptura democrática, pero en muchos aspectos funcionó como continuidad estructural. La monarquía designada por Franco se consolidó sin referéndum específico, el aparato del Estado apenas se depuró y la Ley de Amnistía de 1977 cerró el paso a cualquier rendición de cuentas. El consenso sustituyó al conflicto, y el conflicto —que había sido el motor del movimiento obrero— fue progresivamente neutralizado.

Pocos episodios ilustran mejor esta lógica que la entrada en la OTAN. El lema OTAN, de entrada no, no fue marginal, sino mayoritario en amplios sectores sociales. Sin embargo, tras la victoria del PSOE de 1982, el rechazo se transformó en aceptación. El referéndum de 1986 no abrió un debate soberano, sino que gestionó una decisión ya tomada. Desde entonces, España ha permanecido integrada en la arquitectura militar occidental, participando en intervenciones exteriores justificadas en nombre de ¿la seguridad o la democracia?, y destinando grandes cantidades de dinero de todas y todos a la maquinaria de guerra en lugar de destinarlo a la inversión en gastos sociales, que deberían ser prioritarios.

Este patrón se repite a escala europea. La Unión Europea, presentada como proyecto de cooperación, ha demostrado ser también un mecanismo de disciplina económica. La crisis griega de 2015 evidenció los límites del sistema: cuando una decisión democrática cuestiona la ortodoxia económica oficial, la democracia se corrige. Se puede votar, pero no alterar las reglas fundamentales. Un ejemplo concreto que Julio Anguita explicó en una de sus conferencias: «No se puede pasar del 3% del déficit porque lo dice Maastricht. Pero Maastricht también dijo que no se podía pasar del 60% de la deuda pública y ya estamos en el 100% ¿Qué ocurre?, ¿que como la deuda pública la compra la banca, resulta que no podemos seguir contra los intereses de la banca?»

Ante este panorama, conviene recuperar una idea básica: ninguna democracia es neutral. Toda forma política expresa una correlación de fuerzas sociales. Cuando la política renuncia a nombrar el conflicto entre capital y trabajo, no lo elimina; simplemente lo oculta. Y al ocultarlo, favorece al más fuerte.

Durante décadas, la cultura crítica —de la canción de autor a la tradición intelectual del movimiento obrero— insistió en una verdad incómoda: la libertad política pierde contenido si no va acompañada de condiciones materiales de igualdad. La democracia no se agota en el voto; exige capacidad real de decisión colectiva sobre la economía, el trabajo y la soberanía.

Por eso resulta legítimo cuestionar el relato complaciente que identifica democracia liberal con democracia plena. La historia europea demuestra que los derechos sociales, laborales y políticos no fueron concesiones del sistema, sino conquistas obtenidas mediante conflicto. Cuando el conflicto desaparece del discurso público, lo que desaparece no es la tensión social, sino la posibilidad de transformarla.

En tiempos de incertidumbre global, quizá convenga recordar una vieja convicción del movimiento obrero: la democracia no es solo un procedimiento, sino una relación de fuerzas. Y sin equilibrio social, sin soberanía efectiva y sin participación material de la mayoría, la democracia corre el riesgo de convertirse en un ritual vacío, correcto en las formas, pero limitado en su alcance.

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