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En mi pueblo no ha entrado nadie a nado ni ha saltado ninguna valla. Aquí no ha habido playas tomadas por cámaras de televisión ni ministros haciendo cola para salir en el telediario. No ha habido titulares de última hora ni enviados especiales narrando el caos en directo. Sin embargo, estas semanas, algo de lo que pasó en Ceuta ha llegado hasta el bar de la esquina, hasta el grupo de Facebook, hasta la conversación que se corta en seco cuando alguien nota que no todos pensamos igual. No ha llegado a nado ni saltando, sino de una forma mucho más resbaladiza: un tono, una manera de mirar al vecino. Una palabra que antes no se decía en voz alta y que ahora se suelta sin que nadie se sonroje. En ese tono, si me obligan a resumirlo en una frase, sobra sobreactuación y falta humanidad.
Si hay dos palabras que se han repetido estos días, tanto en la calle como en las instituciones, han sido invasión y normalidad. La primera para describir lo que en realidad ha sido gente buscando algo tan poco extraordinario como una vida mejor, convertida en el enemigo perfecto para quien necesita uno. Invasión es una palabra que se usa para ejércitos, no para mujeres, hombres y niños agotados que llegan sin nada más que lo puesto. Pero funciona, y funciona precisamente porque no describe la realidad sino que la sustituye por otra más útil, una en la que no hay personas concretas con nombre y con miedo, sino una masa amenazante a las puertas. Así es más fácil no preguntarse por qué huyen, ni de qué, ni a qué precio han llegado hasta aquí. La segunda como promesa: hay que volver a la normalidad, recuperar la normalidad, que todo vuelva a la normalidad. Suena razonable, incluso deseable, hasta que uno se pregunta qué normalidad es esa y con qué imágenes de fondo la ilustran quienes la reclaman. Porque mientras se pedía calma, en la calle se impedía el paso de alimentos de la Cruz Roja a un campamento entero, y quienes lo impedían no llevaban pancartas pidiendo diálogo, sino el brazo en alto haciendo el saludo romano y la Cruz de Borgoña. Esa misma bandera que algunos defienden como simple historia, como si ondearla junto a un saludo fascista no dijera ya bastante sobre qué historia se está reivindicando en realidad. Mientras en los salones institucionales se hablaba de recuperar la convivencia, en otras concentraciones convocadas por los mismos que hablaban de la vuelta a la normalidad se cantaba el Cara al Sol, como si aquello formara parte también de esa normalidad a la que hay que volver. Ahí está el truco: la palabra es neutra, pero el paisaje que la acompaña no lo es en absoluto. Esa es la normalidad de la que hablan algunos, tanto en la plaza como en el pleno, y conviene decirlo alto y claro, porque nombrar las cosas es el primer paso para no acostumbrarse a ellas.
Pero lo más preocupante no ha sido lo que se ha dicho desde una tribuna, sino lo que se ha colado entre vecinos que hasta hace unas semanas solo hablaban del tiempo y del partido del domingo. La violencia ha dejado de ser una abstracción lejana para convertirse en algo con nombre y apellido: el coche de una diputada apedreado porque alguien decidió que ese era el coche de una ONG vasca o un grupo de rock que lleva treinta años sin existir. Detrás de la piedra había una acusación muy concreta: que venían a hacerse cargo de menores extranjeros, y que en Ceuta no quieren etarras. No hizo falta que fuera verdad, la piedra había volado antes de que a nadie le diera tiempo a preguntar. Lo dijeron varios periódicos con ganas de titular fácil — y entre ellos, para que nadie piense que hablamos de un periodicucho de tres al cuarto, el ABC—, y el bulo corrió más rápido que cualquier desmentido, porque el odio no necesita pruebas, solo un blanco. Porque en esta lógica retorcida, vasco es sinónimo de proetarra, como si no hubieran pasado quince años desde el final de ETA, como si media España no tuviera ya una sobrina, un cuñado o un amigo de Bilbao al que abrazan sin preguntarle antes su currículum ideológico. Es el mismo mecanismo que convierte a un musulmán en sospechoso de invasión solo por rezar los viernes. Se fabrica un «ellos» para poder sentirse «nosotros», y da igual que el ellos de turno cambie de cara cada pocos años: del inmigrante al vasco, del vasco al catalán, del catalán al que toque la próxima vez. Lo llamativo no es que el prejuicio exista —siempre ha existido—, sino la rapidez con la que hoy encuentra un vehículo, un titular que legitima y un vecino dispuesto a repetirlo sin pararse a pensar. El racismo, cuando se instala, no elige bien a sus víctimas, elige mal, deprisa, a quien tengan a mano. Y lo peor es que esto no ocurre solo en un plató de televisión ni en una manifestación en Madrid, ocurre en el grupo del barrio, en el corrillo después de misa, en la fila del supermercado, donde nadie apedrea ningún coche, pero donde ese mismo desprecio se cuela igual, solo que en voz más baja.
Y luego está el odio que no necesita colarse en ningún grupo de WhatsApp porque ya tiene micrófono propio. Figaredo, Diputado de VOX en el Congreso, lo dijo sin despeinarse, en declaraciones a los medios en plena calle: había que «cazar» a los inmigrantes «uno a uno. Pam, pam, pam». El sonido de los disparos, hecho con la boca, como quien imita una escopeta jugando en el patio del colegio, solo que aquí no había juegos, hablaba de personas. No lo soltó en el bar a las tantas de la madrugada, ni en una cuenta anónima en una red social, lo dijo con cámaras delante, sabiendo que esa frase iba a llegar a millones de personas y calculando —con razón, por desgracia— que el coste de decirla sería menor que el beneficio de decirla. Porque cuando alguien con escaño imita el sonido de un disparo para hablar de seres humanos no está describiendo una opinión extrema y minoritaria: está marcando un nuevo límite, más allá del cual la próxima barbaridad ya sonará moderada por comparación. Y ese mismo desplazamiento del límite, ese «más vale pasarse que no llegar», también ha aterrizado en instituciones mucho más pequeñas y mucho más cercanas. En el pleno tuve que preguntar a un concejal del Partido Popular si de verdad estaba defendiendo las devoluciones en caliente, esas que expulsan a personas sin darles la oportunidad de pedir asilo, sin mirar quién es, sin preguntar de dónde viene ni de qué intenta escapar. No hacía falta un plató de Madrid para escuchar ese discurso, bastaba con sentarse una mañana en el salón de plenos de cualquier pueblo.
Al final de todo esto lo que queda es miedo. Un miedo que no ha caído del cielo: se ha sembrado, con «invasión», con «cazar», con el pam-pam-pam que evocaba disparos contra personas. Mi propia madre me lo dijo hace unos días, con esa mezcla de preocupación y susto que solo tienen las madres. Me dijo que tiene miedo, que los que saltaron la valla van a venir a violarme y matarme. Le contesté que si alguna vez alguien viene a hacerme daño, mucho me temo que no tendrá la piel más oscura ni un acento distinto, sino que llevará una pulsera de España y un pasamontañas cubriéndole la cara. Porque a mi madre, como tantas madres de este pueblo, le han enseñado a temer al que llega, y nadie le ha enseñado todavía a temer al que ya está aquí, al que se sienta a mi derecha en el pleno o al que hace pintadas fascistas en la esquina de su calle. Ese miedo mal dirigido es, quizás, lo más parecido a una invasión que hemos vivido de verdad estos meses.





