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Un chip de la Universidad de Cambridge que cuesta unos diez dólares promete medir la glucosa sin agujas. Conviene mirarlo con ganas y con lupa.
Dentro de dos semanas, el 14 de noviembre, se celebra el Día Mundial de la Diabetes, y en Andalucía hay mucha gente a la que esa fecha le toca de cerca. Según el Plan Integral de Diabetes de la Junta, en 2024 había 844.524 andaluces con la enfermedad diagnosticada, casi uno de cada diez. Si se cuentan también quienes la tienen sin saberlo, los estudios epidemiológicos elevan la cifra al 15,3 % de los adultos. Detrás de esos números hay un gesto que se repite millones de veces al año: la lanceta, la gota sobre la tira, el número en la pantalla. Y un dedo que, con los años, acaba sembrado de puntitos.
Por eso me detuve en una noticia que corre estos días por las webs de ciencia. Un equipo de la Universidad de Cambridge, junto a GlitterinTech, una empresa nacida del mismo grupo de investigación, ha construido un espectrómetro óptico de pocos centímetros que cuesta alrededor de diez dólares. El trabajo se publicó este año en Nature Photonics, y la universidad acaba de difundirlo de nuevo con uno de esos titulares que se comparten solos: un laboratorio médico en la muñeca.
Un espectrómetro es, dicho en corto, un aparato que lee la luz. Cada sustancia absorbe unos colores y deja pasar otros, de modo que si iluminas algo y analizas qué longitudes de onda vuelven y cuáles se quedan por el camino, obtienes una especie de huella dactilar química. Los laboratorios y los hospitales usan estos equipos desde hace décadas, pero los buenos son grandes, caros y delicados. Cuando se encogen pierden precisión y acaban relegados a tareas modestas, como distinguir un plástico de otro.
Lo que han hecho en Cambridge es cambiar las matemáticas. En vez de separar la luz en sus componentes o reconstruir el espectro a base de cálculos pesados, colocan en fila una serie de diminutos elementos ópticos sobre un chip de nitruro de silicio y aplican directamente sobre la luz una operación llamada convolución. Después, una transformada de Fourier, la misma herramienta que reconstruye las imágenes de una resonancia magnética, devuelve el espectro limpio. El conjunto pide muy poca potencia de cálculo, tolera bien el ruido y mide en menos de un segundo, en el infrarrojo cercano, entre 1.200 y 1.700 nanómetros.
Los resultados de las pruebas llaman la atención. El chip identificó plásticos, medicamentos, café, harina y té sin un solo error. Midió concentraciones en disoluciones con una exactitud del orden del 0,01 %, por encima de algunos equipos comerciales de sobremesa. Siguió funcionando entre veinte grados bajo cero y ochenta sobre cero, un margen poco habitual en un aparato tan pequeño. Y en condiciones que imitaban las del cuerpo humano midió la hidratación de la piel, el alcohol, el lactato y la glucosa en sangre.
Aquí es donde levanto la ceja. La parte que más titulares ha generado, el seguimiento de la glucosa sin pinchar, se ha probado durante un periodo prolongado en una sola persona. Los propios investigadores admiten que hacen falta más ensayos antes de hablar de un producto médico. Una persona es una demostración, y está bien que lo sea. Pero entre una demostración y un dispositivo con el que un diabético pueda decidir cuánta insulina se pone hay un trecho largo.
Lo digo con conocimiento de causa. He pasado buena parte de mi vida entre equipos de electromedicina, y si algo aprendí es que la piel es un medio endiabladamente difícil de atravesar con luz. Dispersa, está llena de agua y cambia con el sudor, con la temperatura o con que la correa del reloj apriete un poco más de la cuenta. La señal de la glucosa en el infrarrojo es débil y se esconde bajo la del agua, y cada persona necesita su propia calibración. La medición no invasiva de la glucosa lleva décadas anunciándose como inminente; la han perseguido universidades y grandes tecnológicas con presupuestos enormes. Hasta hoy, la muñeca ha ganado todas las partidas.
Cuando escribí en estas páginas sobre el pulsioxímetro recordé que aquella pinza, que ahora cuesta lo que un par de cafés, tardó décadas en pasar del laboratorio al cajón de la farmacia. La tecnología médica suele moverse así. Primero llega el hallazgo, luego vienen años de ingeniería poco vistosa y de ensayos clínicos, y al final, cuando ya nadie lo celebra, el aparato aparece en la mesilla de noche.
¿Por qué me parece entonces una buena noticia? Porque el obstáculo que salva este chip es real. Meter un espectrómetro preciso en un dispositivo barato era inviable por coste y por tamaño, y esa barrera empieza a ceder. Lo más probable es que lo veamos antes lejos del cuerpo humano: en una cadena de producción que comprueba la composición de cada lote o en el control de calidad de los alimentos. No cuesta imaginarlo en una almazara o en una cooperativa que necesita saber, en segundos y sin mandar muestras a ningún sitio, qué tiene entre manos. En una tierra que vive del olivar, de la fresa y de la industria agroalimentaria, esa aplicación tiene más recorrido inmediato que el reloj milagroso. El profesor Qixiang Cheng, que dirige el proyecto, aspira a que analizar la química de las cosas resulte tan corriente como medir la temperatura o el movimiento. Me parece una ambición sensata.
Mientras tanto, conviene no perder de vista lo que ya funciona. Los sensores de glucosa que se pegan en el brazo, con un filamento finísimo bajo la piel que mide durante días, forman parte de la sanidad pública andaluza desde hace años. A finales de 2025 los usaban 58.486 personas en la comunidad, y el nuevo Plan Integral de Diabetes 2026-2030 prevé extender los sistemas automatizados de infusión de insulina. No son la muñeca mágica, pero han cambiado la vida de mucha gente que antes se pinchaba varias veces al día.
A quien lea esta noticia con el glucómetro en el bolsillo le diría que se alegre y que no tire todavía las tiras reactivas. Dentro de unos años sabremos si este chip de diez dólares terminó en un reloj o en una fábrica de harinas. A mí me valdría cualquiera de los dos destinos.





