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La proporción de adolescentes que se sienten solos en España casi se ha duplicado en los últimos años, al pasar del 7 al 13,6 por ciento, mientras que el porcentaje de quienes declaran sentirse tristes ha aumentado del 11,9 al 19,5 por ciento.
Así lo recoge el informe 'La salud mental sí es cosa de adolescentes. Hablemos de bienestar y estigma', el nuevo barómetro de opinión de la infancia y la adolescencia elaborado por UNICEF España y la Universidad de Sevilla, que revela que el deterioro del bienestar entre 2018 y 2022 fue tres veces mayor entre las chicas que entre los chicos, con una caída de 0,41 puntos frente a los 0,14 registrados entre ellos.
«Que la soledad y la tristeza aumenten entre adolescentes de 12 a 16 años es algo que debe preocuparnos y apelarnos a actuar. No se debe alarmar ni simplificar, pero tampoco cerrar los ojos ante un problema que condiciona el presente de la adolescencia, pero también su futuro», ha asegurado la presidenta de UNICEF España, M.ª Ángeles Espinosa.
Asimismo, el nivel socioeconómico de las familias se relaciona directamente con el bienestar. En 2022, el alumnado de familias con menos recursos declaraba un bienestar más bajo (3,26 puntos) que quienes vivían en hogares de nivel medio (3,4) o alto (3,54).
«En general, los datos son preocupantes porque muestran un descenso claro de cómo los propios adolescentes perciben su bienestar emocional», ha explicado la profesora del departamento de Psicología evolutiva y de la educación de la Universidad de Sevilla y directora del barómetro, Pilar Ramos.
En este sentido, Ramos subraya que los resultados del informe indican que «se debe promover la protección para que cuando se da un malestar no se acentúe y, si se produce un problema, se tiene que facilitar su reconocimiento para recibir una respuesta adecuada».
El informe analiza también cómo el estigma influye en la salud mental adolescente. Así, uno de cada tres adolescentes, especialmente los chicos, presenta elevados niveles de estigma; cuanto más alto es este nivel, menos reconocimiento hay de los problemas de salud mental y, por tanto, menos identificación de determinadas experiencias perjudiciales y menor petición de ayuda profesional.
Por el contrario, los adolescentes que poseen menor estigma identifican con más frecuencia problemas de salud mental tanto en familiares como en amistades.
«Queremos que el hecho de pedir ayuda se normalice y no se vea como algo malo», ha explicado Carmen, de 13 años y miembro del órgano de participación infantil y juvenil de La Rinconada (Sevilla), durante la presentación del estudio. También ha reclamado «que existan profesionales preparados para poder atender a los adolescentes de forma eficaz».
Respecto a la percepción de los propios adolescentes Carlos, de 15 años, y miembro del mismo órgano, ha explicado que en su caso, si tuviera algún problema de salud mental se sentiría apoyado por sus compañeros. «Pero también sé que si alguien está mal puede ser que la gente pueda reírse de él», ha añadido.
Con el objetivo de mejorar la salud mental de los adolescentes, UNICEF España ha realizado una serie de recomendaciones, dirigidas a diferentes colectivos. Así, ha pedido a las administraciones públicas que sitúen la salud mental adolescente en el centro de las políticas de infancia, a través de medidas como unidades multidisciplinares de salud mental o la incorporación de la participación adolescente en las decisiones públicas.
Por otra parte, considera necesario que los centros escolares sean lugares donde sea fácil pedir ayuda, convirtiendo la prevención del acoso en una prioridad desde la detección temprana, y garantizando que las figuras de orientación, como el coordinador de bienestar, sean realmente accesibles.
Al hilo, subraya la importancia de llegar antes de que el malestar sea una crisis, reduciendo los tiempos de espera, garantizando profesionales formados específicamente en salud mental infanto-juvenil y asegurando que tanto la Atención Primaria como los servicios especializados cuentan con profesionales suficientes.
Por último, UNICEF insta a las familias a escuchar y acompañar a los adolescentes, fomentar la comunicación y facilitarles información sobre las señales de alerta y cómo actuar ante ellas, con especial atención a los hogares en situación de mayor vulnerabilidad socioeconómica.





