Tal vez sorprenda a muchos, cuando lo lean, el contenido de estas líneas; en honor a la verdad, he de confesar que yo mismo soy el primer sorprendido. Pero, como dice el aserto: la realidad, en ocasiones, supera a la ficción. Y los acontecimientos actuales sobrepasan, con creces, las expectativas.
Y viene a cuento lo anterior para comentar, de forma breve y rápida, aunque con la intención de no salirnos de la realidad, los últimos sucesos. Después de leer muchas opiniones, hay que hacer un análisis, somero y limitado, tanto en el tiempo como en el espacio.
Entremos en faena: dos potencias, EE. UU. y Rusia, deciden dar rienda suelta a sus ansias expansivas, y atacar a países soberanos. Tal vez mejor se entendería si calificamos los hechos como resucitar añoranzas imperialistas en el caso de Rusia y como ampliar los sueños de imperio en el caso de EE. UU.
Así, Rusia, a pesar del tiempo transcurrido desde que comenzó sus ataques, sigue tratando de conquistar, por la fuerza de las armas, un territorio que no le pertenece, y que está arrasando sin contemplaciones, ya que Ucrania es una nación soberana y, por lo tanto, muy libre de tomar las resoluciones que mejor consideren. Y EE. UU. decide «secuestrar», es el término idóneo, al Presidente de otra nación soberana, acusándolo de delitos que no puede probar, y que, en el peor de los casos, no se habrían cometido en suelo yanki. Esto último parece ser el ADN de la derecha porque también en nuestro país, las acusaciones y denuncias falsas, son práctica cuasi habitual. Pero lo más grave es que, en el caso de Venezuela, EE. UU. ataca con tácticas de guerra que han costado vidas humanas inocentes, a un país que no ha movido ni un sólo dedo en contra del agresor. En el caso de Rusia, se ataca a Ucrania porque ese último país, adopta posiciones que a la nación de los zares, al parecer estos se han reencarnado adoptando otra identidad, no les gustan; al menos esa es la excusa, porque la realidad es muy otra.
Nos encontramos con que EE. UU. asalta Venezuela, Rusia invade Ucrania e Israel, cometiendo un genocidio, arrasa Palestina (esto ya es crónico, aunque recientemente se ha recrudecido más si cabe). Son tres casos de agresiones destacadas de la violación del Derecho Internacional. Son situaciones distintas pero que coinciden en los objetivos: apropiarse de las riquezas del país invadido, una riqueza que pertenece a sus ciudadanos, y sumirlo en la pobreza.
Dejemos algo claro: sean dictadores o corruptos sus dirigentes, es un problema de los venezolanos y de los ucranianos y, por lo tanto, es a ellos a los que corresponde solucionarlo. Nunca, ni EE. UU., ni Rusia, han liberado a otros pueblos de dictadores cuando estos servían a sus intereses (Ahí tenemos los casos de España, Chile, Argentina, Perú, Cuba, Paraguay, Nicaragua…) No es lícito arrogarse el papel de salvador de las democracias tras el que se ocultan simplemente el robo y la rapiña a escalas inusitadas y con cifras mil millonarias de por medio. Es lo que se viene denominando como atraco a mano armada por los códigos penales del mundo civilizado.
En el caso de la invasión de Venezuela por EE. UU. y el secuestro de su Presidente, y de la pareja de éste, además hay que añadir el desprecio a la oposición de ese país, es claramente un atropello de la legalidad internacional. Una oposición, la venezolana, que, hasta el día anterior, era defendida públicamente por los mandatarios estadounidenses. Con esta medida Trump, en representación de EE. UU. , no hace otra cosa que legitimar y dar por válidos los últimos resultados electorales en el país bolivariano. De hecho, con ese movimiento, Trump habría cometido un asalto a la voluntad popular, ya que ha secuestrado a un Presidente al que él mismo, tácitamente, considera legítimo puesto que le exige responsabilidades que debe rendir ante los tribunales de EE. UU., de acuerdo las abusivas leyes estadounidenses que ignoran los derechos del resto de países, sobre todo cuando está en juego los miles de millones que puede rendir el petróleo venezolano.
Pero hay aún algo que agrava más la pantomima de «defensa democrática» con la que EE. UU. pretende justificar su acto de piratería: nombrar Presidenta a Delcy Rodríguez, la mano derecha de Nicolás Maduro. No vamos a entrar en la barbaridad, con tintes de mala comedia, de Trump, que no deja de evidenciar su analfabetismo, ya que, al parecer, sabe poco más que firmar con un rotulador de payaso. Simón Bolívar se debe estar revolviendo en su tumba viendo a Delcy Rodríguez sacar brillo a los suelos de los pasillos de la Casa Blanca y arrastrarse ante el invasor. ¿Recuerdan el anuncio de una señora que quitaba el polvo de una mesa deslizándose ella misma con un paño blanco tras haber rociado con el producto la superficie? ¡Pues eso!
De estas violaciones del Derecho Internacional cometidas por Trump, Putin y Netanyahu (este por sus masivos y crueles asesinatos en Palestina), deben responder, algunos de ellos por genocidios y crímenes de guerra, ante la Corte Internacional.
Dicho sea de paso, a los europeos no nos queda más que una postura pragmática: o hacemos frente, con TODOS los medios, a esos delincuentes internacionales, o corremos el riesgo de desaparecer como cultura y ser sometidos a la esclavitud de veleidades ajenas y a sus consecuencias.
Conclusión: liquidación de la OTAN y creación de un ejército europeo. Dicho así, sin vaselina. Y esto lo firma alguien que toda su vida ha mantenido posturas antimilitaristas.
Mientras tanto, la derecha hispana a los suyo: poner denuncias falsas, mentir, insultar, decir tonterías y sin saber qué hacer, ni como ocultar la corrupción propia.
Nota: la última bufonada de Trump, Groenlandia. ¿Hasta cuándo aguantará el resto del mundo?





