¿Cómo voy a pensar en Andalucía, si soy ciudadano del mundo? ¡Soy internacionalista, no hagas divisiones! Dividir ¿qué? ¿Qué es, que entienden por internacionalismo quienes niegan la realidad, las necesidades, el carácter específico de un lugar, de una zona, de un espacio físico? ¿Acaso tener una familia de la que preocuparse justificaría abandonar a los hijos? ¿Justificaría, siquiera, no reconocer el carácter, la personalidad, la peculiaridad de cada uno? Error. Quererlos a todos por igual supone, invariablemente, otorgar a cada uno el trato personalizado exigido por sus características específicas.
Lo mismo ocurre con las naciones.
Empecemos conociendo que una nación no es un Estado. Hay estados-nación, los menos, porque la mayor parte de los estados encierran en sí varias naciones. Y hasta parte de ellas que, en consecuencia, ha sido dividida entre dos o más estados. La nación no divide, es el ente natural, por eso no crea fronteras. Eso es cosa de los estados. Es el Estado lo defendido por quien presume de «internacionalismo» y muestra de él solo una nebulosa idea.
El mundo está formado por pueblos, por culturas, porque los pueblos, las naciones, son culturas. Culturas casi siempre manipuladas y prostituidas por los estados, porque el Estado busca uniformar aunque lo llamen unificar. Otra forma burda de disfrazar su necesidad de despersonalizar a las naciones para crear un cuerpo único, amorfo, dónde no haya disidencias, ni siquiera diferencias, para hacer más fácil la dominación. El acto de mandar y decidir por los demás, eso que tanto enloquece a los políticos
El mundo no se ha formado al unísono. Por fortuna. Se ha ido formando «a trozos». En espacios concretos, específicos. En distintos momentos y en circunstancias distintas. ¿Cómo puede haber uniformidad entre las tierras húmedas generalmente inundadas de Vietnam o Laos, con el mundo hindú, inundado y seco de forma periódica o con la seca Andalucía? El paisaje ha hecho al pueblo, lo ha condicionado, el pueblo ha tenido que adaptarse al paisaje. ¿Han pensado acaso unificar los paisajes? ¿Y las culturas, deducidas a lo largo de los siglos de forma personal y única? ¿Cuál querrían imponer a todos? Sería mucho más grave que una limpieza étnica o un intento de modificar razas para unificarlas.
Las fronteras las crean los estados, unidades de poder y la mantienen las clases dominantes, beneficiadas por la posesión, dominio y explotación del correspondiente espacio físico. Son los interesados en mantenerlas. Las culturas, en cambio, las naciones, son complementarias en sus diferencias y en sus señas de identidad, todas respetables. A todo el mundo gusta el flamenco, y la balalaika, y el sirtaki, y el kozachock y sus sentadillas, y el soul, y el bolero. Las artes, las músicas, las culturas en definitiva, pese a ser distintas entre sí no se enfrentan. Lo que enfrenta a la gente no es la cultura: es la economía. Cuando el Rey de reyes reclamaba a un pueblo próximo a conquistar la tierra y el agua, le estaba exigiendo su economía. Exactamente igual que cuando ahora USA pretende quedarse con el petróleo venezolano. El pretexto son las pseudo-razones expuestas: a Irak iban a imponer democracia. ¿Y a Chile con Pinochet, qué? Nunca han pensado en los pueblos, sólo en su ambición.
El verdadero internacionalismo respeta y defiende lo local; no se es internacionalista si se ignoran las señas de identidad y sus símbolos, como elementos identificativos. El internacionalismo real es todo lo contrario de la supuesta «globalización», burdo remedo de una frase de McLuhan con que disfrazar la mundialización de la alta economía. Hasta la Iglesia, atada y dependiente de un Estado, el Vaticano, tiene distintos comportamientos en según qué lugares del mundo. Quizá eso sea parte de su éxito, ha sabido adaptarse y, a su manera, mantener las singularidades.
El mundo está formado de singularidades. Si el supuesto y pretendido internacionalismo no respeta y defiende la personalidad, las peculiaridades y las necesidades de cada espacio, de cada pueblo, de cada nación, es tan vacío como un rascacielos de cartulina. No merece llamarse internacionalismo, porque en realidad es estatalismo. Porque cuando no se defiende a la Comunidad, al pueblo, a la nación, inequívocamente se está defendiendo al Estado. Entonces, el internacionalismo de salón es en realidad, estatalismo.







