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Nuestros cuerpos, sus datos

Sheila Guerrero Garzón

· 7 min · Sheila Guerrero Garzón

Taxos · lectura rápida

Entrada al análisis completo, no lo sustituye

Lo esencial

Un informe de la AESAN sobre la alimentación durante la menopausia se basa en estudios hechos solo con hombres.

Por qué importa

Esto importa porque muestra un sesgo androcéntrico en la investigación médica, afectando directamente a la salud de las mujeres.

Qué ocurrió

La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición publicó un informe en abril sobre la alimentación durante la menopausia, basado en estudios hechos solo con hombres. Esto fue descubierto por Sonia de Pascual-Teresa, investigadora del CSIC, quien notó que los datos procedían de informes europeos que advertían de la falta de datos específicos de mujeres. La AESAN reconoció el error y prometió publicar una nota aclaratoria en septiembre.

Entre líneas

Este error refleja un problema más amplio en la investigación médica, donde el cuerpo masculino se toma como estándar, dejando a las mujeres como una variación de ese modelo. Esto se traduce en tratamientos y diagnósticos que no siempre son adecuados para las mujeres.

El contexto

El Gobierno anunció un plan de 18 millones de euros para corregir la infrainvestigación histórica en la salud femenina, pero este informe muestra que aún queda mucho por hacer.

El panorama

Este caso no es aislado, sino parte de un patrón histórico en la medicina moderna donde el cuerpo masculino es el estándar de referencia, dejando a las mujeres como una variación.

Qué esperar

La AESAN prometió publicar una nota aclaratoria durante la primera semana de septiembre para corregir el informe.

La clave

El artículo termina planteando la necesidad de que la perspectiva de género esté presente en el diseño de cada estudio y ensayo clínico, para evitar que el cuerpo de la mujer siga siendo una nota al margen en la investigación médica.

Artículo completo

Empieza el curso y, como cada septiembre, toca hacer inventario de lo que ha dado de sí el verano. Este ha dado para mucho: olas de calor que se han sucedido una detrás de otra hasta convertir este verano en uno de los más calurosos que se recuerdan; el incendio de Niebla, que ha arrasado más de 38 000 hectáreas — el más devastador registrado en Andalucía —y que ha llegado a las puertas de casa, tocando también pueblos de Sevilla; una presidenta autonómica comprando áticos con dinero público; la cesta de la compra subiendo mes a mes mientras a la clase trabajadora se le pide que apriete el cinturón; y Ceuta, que da la sensación de que van a estirar el chicle hasta que todo reviente por algún lado y que se merece su propio artículo la semana que viene, así que hoy la dejamos solo apuntada. Y, en un mundo patriarcal, pasan cosas patriarcales: los estudios sobre la menopausia se han hecho, durante años, con datos médicos de hombres. 

Concretamente, el informe lo firma la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición —AESAN—, se publicó en abril y está dedicado, ojo, específicamente a la alimentación durante la menopausia, la perimenopausia y la posmenopausia. Y sus recomendaciones sobre la ingesta de hierro y vitamina C están sacadas de estudios hechos únicamente con hombres sin ni siquiera advertirlo. Lo destapó Sonia de Pascual-Teresa, investigadora del CSIC, al comprobar que los datos procedían de informes europeos que sí avisaban de que no había datos de mujeres y que se limitaban a extrapolar matemáticamente los resultados obtenidos en hombres. La AESAN, en cambio, ni avisó ni matizó nada. Desde la propia agencia han reconocido que se basaron en resultados no específicos de mujeres y han prometido publicar una nota aclaratoria durante esta primera semana de septiembre. Hasta la ministra de Igualdad, Ana Redondo, ha tenido que salir a pedir que se revise el informe y espera que no se repita. Como resume la socióloga de la ciencia Teresa Samper, es un sesgo androcéntrico en un área de estudio que es, por definición, de mujeres. Y lo llamativo es que todo esto pasa solo dos meses después de que el Gobierno anunciara un plan de 18 millones de euros para corregir la infrainvestigación histórica en la salud femenina. Ya podemos ir haciéndonos una idea de cuánto va a costar que ese dinero se traduzca en algo real. 

El estudio no es un caso aislado, sino la enésima confirmación de algo que arrastramos desde que la medicina moderna existe: el cuerpo que se toma como referencia, como estándar, como «lo normal» sobre lo que se investiga, se diagnostica y se dosifica, es el cuerpo del hombre. El de la mujer, mientras tanto, se entiende como una variación de ese modelo, casi una anomalía, un hombre sin pene y con tetas, con algún que otro ajuste hormonal que se despacha como detalle menor, como tara. No hace falta rebuscar mucho para verlo. Durante décadas los ensayos clínicos se han diseñado, probado y ajustado pensando en cuerpos masculinos, dando por hecho que lo que funciona para uno funciona, con matices insignificantes, para la otra. Porque lo cierto es que a la mujer apenas se la estudia, sus ensayos clínicos propios son la excepción, no la norma. 

Y esto no se queda en el papel, se traduce en el cuerpo, en la consulta, en la camilla. A un hombre no se le practica una vasectomía sin anestesia local, faltaría más, hay que evitarles molestias innecesarias. Pero a una mujer se le inserta un DIU, se le hace una histeroscopia o se le practica una biopsia de endometrio sin anestesia, sin sedación, muchas veces sin siquiera un analgésico previo porque, total, «duele lo normal», «es solo un momento», «aguanta un poco». Se supone que somos el mismo cuerpo que el del hombre, el mismo estándar sin más ajuste que la anatomía, pero solo cuando nos conviene. A la hora de aplicarnos protocolos y dosis, valemos como «hombre sin pene». A la hora de merecer que no nos duela la cosa cambia, podemos aguantar. Tenemos un umbral del dolor distinto porque el sistema decide que ese dolor no debe ser tratado. Y cuando la paciente se queja, cuando pregunta por qué no hay anestesia si el procedimiento es doloroso, la respuesta suele ser que se aguante, que ya se pasará. 

La endometriosis es el ejemplo perfecto de este mismo patrón, solo que con los papeles cambiados: aquí no hace falta imaginar el privilegio del hombre, basta con esperar a que aparezca en su cuerpo. Durante décadas, millones de mujeres hemos convivido con un dolor menstrual incapacitante que se despacha como algo normal, como parte de «ser mujer», como una queja más a la que no merecía la pena dedicar investigación ni presupuesto. Diagnósticos que tardan una media de ocho a diez años en llegar, mujeres que pasan por varios médicos antes de que alguien las tome en serio, tratamientos que se limitan a «tómate un ibuprofeno», «toma estos anticonceptivos y verás como todo mejora» o «espera a quedarte embarazada, ya verás como se te pasa». Y de repente, cuando se empieza a estudiar que la endometriosis también puede aparecer en hombres, la cosa cambia de categoría: ya no es una rareza menstrual sin interés, ahora sí merece financiación, ahora sí hay equipos dedicados a entenderla, ahora sí es una enfermedad seria. No ha cambiado el dolor, solo ha cambiado quién puede llegar a sufrirla. 

Quien decide qué se investiga no es un ente neutro que reparte el presupuesto según lo que más falta hace, es un sistema con nombres y apellidos, mayoritariamente masculinos, que decide qué preguntas merecen respuesta y cuáles pueden esperar. Los comités científicos, las direcciones de las agencias, los equipos que diseñan los ensayos clínicos: ahí es donde se define qué se estudia, con qué presupuesto, y con qué prisa. Y no hace falta que exista mala fe consciente para que el resultado sea el mismo sesgo de siempre, basta con que nadie se pare a preguntarse si el cuerpo que se está usando como referencia sirve también para las mujeres, que somos la mitad de la población y llevamos siglos quedando fuera de esa referencia. Cuando quien diseña el estudio da por hecho que su propio cuerpo es el estándar ni se plantea que pueda no serlo. Por eso no basta con anunciar planes de millones si luego el organismo que hace el informe sigue sin tener ni una advertencia, ni un matiz, ni la costumbre de preguntarse «¿esto lo hemos comprobado también en mujeres?». El dinero ayuda, pero el problema de fondo es la mirada, y la mirada no cambia sola ni a golpe de talonario. Tampoco se arregla solo con formar a más científicas, que las hay y muy buenas, ni con financiar sus proyectos, que buena falta haría. Hace falta que puedan quedarse, que la carrera científica no las expulse a mitad de camino porque no hay conciliación real, porque los tiempos de la ciencia —estancias, publicaciones, jornadas maratonianas— siguen pensados para quien no carga con los cuidados. Mientras eso no cambie, seguiremos teniendo comités y direcciones donde la mirada femenina sigue siendo la minoría. 

Así que aquí estamos, principios del curso, con un verano a la espalda que ha dejado de todo, y una historia que en realidad no sorprende a nadie porque es lo de siempre con otro nombre. Que la  AESAN cumpla o no con su nota aclaratoria esta semana es lo de menos, porque el problema no es solo ese informe, es el sistema entero el que lo hizo posible, y que va a seguir haciéndolo posible mientras no cambie la lógica desde la raíz. Lo que hace falta no son parches ni notas aclaratorias de última hora cuando salta el escándalo, hace falta que la perspectiva de género deje de ser una casilla que se marca al final y pase a estar en el diseño mismo de cada estudio, de cada ensayo clínico, de cada informe que luego va a determinar cómo nos tratan en la consulta. Porque mientras sigamos aceptando que nuestro cuerpo es una nota al margen seguiremos aguantando, esperando y leyendo informes sobre nuestra propia menopausia que hablan de nosotras pero sin nosotras. 

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