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Esta semana has empezado tu primera semana de universidad, después de meses dándole vueltas a si la nota de corte te iba a llegar o si te tocaría esperar a la segunda adjudicación. Puede que estés ayudando en el bar de tus padres por las tardes para reunir lo del alquiler de la habitación cerca de tu universidad, o mirando los horarios del transporte público para ver si te compensa hacer el viaje cada día en vez de quedarte a dormir fuera. Has crecido en el pueblo, entre tu gente, y este curso que empieza es la primera vez que te juegas algo tan grande como tu futuro, con la incertidumbre de si todo el esfuerzo de estos años va a bastar para sostenerlo.
Y mientras tú calculas cada euro, cada trayecto, a unos kilómetros de ti, en Getafe, la princesa Leonor empezaba también su primera semana de universidad. A ella le esperaban en la puerta el rector, la vicerrectora de Estudiantes y el decano de la Facultad, como un pequeño comité de bienvenida que a ti no te va a hacer falta, como a ningún otro de los cerca de cuatro mil estudiantes que este año empiezan primero en esa misma universidad. Ella no cuenta euros para el alquiler ni mira horarios de autobús, y probablemente nunca lo haya tenido que hacer. No es una crítica hacia ella, que no ha elegido nacer donde ha nacido, sino hacia lo que esa escena deja ver sin querer: que hay caminos hacia la universidad muy distintos según de dónde vengas, y que a algunos se les allana con alfombra y otros con lista de espera.
Seguramente tienes las redes sociales llenas de influencers del chisme defendiendo que esto es bueno para la pública: que así Leonor va a conocer de primera mano la universidad pública, que le va a dar visibilidad, prestigio, que hasta puede traer inversión porque de repente todo el mundo mira hacia ahí. Que la monarquía se acerca a los jóvenes, se legitima estando entre nosotros en vez de encerrada en un palacio. Suena bonito, incluso convincente si no te paras a pensarlo dos veces. Pero no van por ahí los tiros. Lo que hay poco o nada tiene que ver con el respaldo ni la defensa de la educación pública. Esto es #publi y el producto es ella misma. Una imagen construida con mucho cuidado, la de la princesa cercana, con vaqueros y deportivas, «una alumna más» entre las demás, pensada precisamente para que gente de tu generación vea en ella algo con lo que identificarse y siga sosteniendo, sin hacerse más preguntas, lo que representa. Porque, sinceramente, yendo dos días en semana, protegida detrás de un dispositivo que a ti nunca te va a acompañar a ningún sitio, ella no va a ver lo que tú ves cada día: no va a ver el techo que se cae en la facultad por las lluvias, ni el sueldo de mierda que cobra el profesor que le da clase, ni las horas que echan los de administración sin medios para hacer su trabajo bien. A ti su llegada no te trae ni una plaza más, ni un euro más de beca, ni un aula mejor.
Y este mensaje, aunque nadie te lo diga con palabras, cala hondo. No es rabia lo que te tiene que dejar esto, o no solo rabia, es algo más parecido a la tristeza, quizás a la decepción. Esa sensación de que las reglas del juego no son las mismas para todos aunque se empeñen en repetirte que sí. A tus padres les convencieron que todos los españoles somos iguales ante la ley, y a ti pretenden colarte que, que una princesa lleve una camiseta blanca de 25 euros de la misma tienda en la que te compras tú la ropa, la convierte automáticamente en una de los tuyos. Tú has llegado aquí a base de estudiar más, de renunciar a según que planes con tus amigos para meterle horas a los libros, de aguantar la incertidumbre de que una nota parara tus sueños. Seguramente ella también esté renunciando a cosas, a su manera, nadie dice que su vida sea fácil ni que lo suyo no cueste esfuerzo. Pero ni tu presente ni tu futuro se parecen en nada al suyo: tú no sabes qué va a pasar contigo pasado mañana mientras ella tiene el futuro escrito pase lo que pase en estos años de carrera.
Toda tu vida te han vendido la misma promesa: estudia, esfuérzate, y llegarás. Que las notas son el gran igualador, que todo bien si te lo curras lo suficiente. Pero muchas veces no basta: puedes estudiar más que nadie, sacar la mejor nota de tu promoción, y aun así, quedarte fuera de una beca porque tus padres cobraron veinte céntimos por encima de lo que una tabla decía que podían cobrar. O no poder aceptar esas prácticas que necesitas porque no están remuneradas y tú sí necesitas un sueldo. Y entiendo que te den ganas de meterle fuego a todo, de abandonar, de verdad que lo entiendo. Porque cuando miras el precio de la vivienda y calculas que no vas a poder independizarte hasta bien pasados los cuarenta, si es que se da el milagro de encontrar una casa en ruinas o un zulo a un precio que te puedas permitir, todo este esfuerzo empieza a perder sentido. Da igual cuánto estudies o cuánto curres, al final acabas pensando en tener un hogar propio con la misma lógica e ilusión con la que piensas en que te pueda tocar la lotería, como algo que depende más de la suerte que de lo que hagas.
Aún así, a pesar de todo esto, no quiero dejarte con la sensación de que no hay nada que hacer. Ojalá llegue el día en que empezar una carrera solo dependa de las ganas que tienes de aprender. Ojalá las becas lleguen a tiempo y a quien las necesita, sin baremos absurdos que dejen fuera a nadie. Ojalá las prácticas se paguen, los pisos se puedan alquilar sin malvender media vida, y estudiar deje de sentirse como una apuesta arriesgada y vuelva a sentirse como lo que debería ser, un derecho de verdad, no un privilegio disfrazado de esfuerzo. Nada de esto va a caer del cielo, no lo va a traer ningún partido quitándole derechos a otros, ni a golpe de decreto, ni mucho menos una princesa un lunes por la mañana en vaqueros . Eso lo trae la gente como tú cuando deja de conformarse con lo que le toca y empieza a exigir lo que le corresponde: en la calle, en las urnas, en cada sitio donde se decide quien tiene beca y quien merece un techo digno.





