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Los árabes jamás conquistaron España

Redacción

· 3 min · IRR-3 · Redacción

Taxos · lectura rápida

Entrada al análisis completo, no lo sustituye

Lo esencial

El articulo discute la veracidad historica de la invasion musulmana de la peninsula Iberica en el año 711.

Por qué importa

Importa porque cuestiona la narrativa tradicional sobre la caida del reino visigodo y la llegada del islam a la peninsula, sugiriendo que la realidad fue mas compleja y que hubo factores internos que contribuyeron a la caida del regimen.

Qué ocurrió

El autor menciona que un libro sobre el tema fue comprado por una entidad para que no llegara a las librerias, lo que sugiere un intento de ocultar la verdad historica. Tambien se discute que la invasion musulmana no pudo haber sido tan numerosa como se cree, y que hubo factores internos que contribuyeron a la caida del reino visigodo.

Entre líneas

El texto sugiere que hay una intencion de ocultar la verdad historica sobre la caida del reino visigodo, y que la narrativa tradicional puede estar influenciada por intereses politicos. Tambien se puede leer entre lineas que la caida del regimen visigodo fue mas compleja de lo que se cree, y que hubo factores internos que contribuyeron a ella.

El contexto

El articulo menciona que el ejercito visigodo impuso un regimen opresor en la peninsula, exigiendo dos terceras partes de la produccion de la tierra, lo que genero descontento entre la poblacion.

La clave

El texto sugiere que la caida del regimen visigodo fue un ejemplo de lucha contra la opresion y la corrupcion, y que puede servir como ejemplo para el presente y el futuro.

Artículo completo

Todavía hay quien sufre «shock» ante la afirmación del título, tomado del libro homónimo de Ignacio Olagüe, y comprado por cierta entidad para que nunca llegara a las librerías, por lo que cabría decir «secuestrado a precio de tapa». Matar al mensajero: lo mejor para que no acabe la guerra. Actitud en la que ciertos políticos luchan por destacar, como tenemos buena muestra en el Estado español.

Sin que haya que comulgar expresamente con la procedencia que el escritor vasco pretende para quienes trajeron un nuevo estilo a partir del año 711, sí está clara una cosa: para terminar con el ejército godo, compuesto por más de cien mil guerreros, habría hecho falta bastante más de trescientos norteafricanos a caballo, número máximo que entró en la península durante el citado año y los inmediatos sucesivos.

A esto debe sumarse que el total de extranjeros entre moros, árabes, sirios, sarracenos y eslavos (de estos nadie se acuerda, vaya «casualidad»), y otro hecho el buen número de batallas imposibles, creación de la imaginación no creadora, pero necesitada de justificación como Covadonga o Clavijo que jamás pudieron tener lugar, queda al descubierto con meridiana claridad que, como mucho, azuzan la necesidad de justificar la caída de un régimen: el visigodo, no para explicar; pero sí para buscar un forzado parentesco con los estados nacientes de la cornisa cántabro-pirenaica: leonés-castellano-navarro-aragonés-catalán y su posterior expansión hacia el sur de la península.

Como la mayor de las mentiras, una verdad a medias sirve para ocultar la verdad. El ejército visigodo, impuesto a gran parte de la población peninsular desde finales del siglo V, por la fuerza de su organización guerrera, empieza la conquista de Andalucía a partir de Leovigildo y se afianza a final del siglo VII, pocos años antes del desastre de la Janda.

Son varios los entes que se alían para acabar con el poderío de los dominadores, y sólo el de menor entidad es de raza goda: los hijos de Witiza, asesinado para poner a Rodrigo en el trono. El resto son hispano-romanos, andaluces. La actitud del conde Julián y del metropolitano de Sevilla, Oppas, hizo que el ejército visigodo se autodestruyera, con la trampa que hábilmente tendieron al «Emperador» toledano, el rey Rodrigo. El poder, el régimen desapareció.

Los godos exigían un impuesto excesivo: las dos terceras partes de todo lo que produjera la tierra, directa o indirectamente, es decir, la agricultura, la ganadería y la incipiente industria, todavía calificada de artesanía. Los andaluces de entonces, los legítimos habitantes de la Bética, se sacudieron un poder opresor que les quitaba las dos terceras partes de su hacienda y de su trabajo. Pero, al acabar con la imposición exterior, luchaban también por su dignidad, por su cultura, menoscabada y devastada por los ocupantes; lucharon contra la incultura, contra la opresión, contra la corrupción institucionalizada, contra el nepotismo.

Todo un ejemplo para hoy y para el futuro.

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