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Lo que nadie nos contó

· 6 min · Sheila Guerrero Garzón

Tengo un recuerdo muy nítido de las clases de historia en el instituto. Llegábamos hasta la Guerra Civil con el tiempo justo, casi corriendo, como quien pasa por delante de algo incómodo sin querer mirarlo demasiado. Un par de páginas en el libro de texto, alguna fecha, algún bando. Y luego, el franquismo: un bloque compacto de «hubo una dictadura, pasaron cosas, llegó la Transición, hicimos las paces y aquí estamos». Punto. Siguiente tema.

Nadie nos explicó lo que significaba realmente. Nadie puso nombre a los muertos. Nadie nos habló de las fosas comunes que siguen abiertas en este país, de las familias que llevan décadas buscando a sus abuelos en cunetas, de los niños robados, de los sindicatos disueltos, de los maestros fusilados por enseñar a leer. Nadie nos dijo que aquello no fue «un conflicto entre dos bandos iguales». Nadie nos enseñó a llamarlo por su nombre: fascismo.

Y eso tiene consecuencias. Tiene consecuencias que se ven ahora mismo, en 2026, cuando una parte de la juventud de este país vota a partidos que reivindican ese pasado sin disimulo, o que lo blanquean con eufemismos presentables. Cuando circulan por las redes vídeos de chavales de dieciocho años o menos haciendo el saludo romano sin saber —o sin querer saber— lo que ese gesto representa. Cuando alguien dice «tampoco fue para tanto» y hay quien asiente.

La historia la cuentan los que ganan. Siempre. Y en España, durante cuarenta años, la contaron ellos. Y cuando llegó la democracia, en lugar de hacer el ejercicio doloroso pero necesario de mirar atrás y nombrar lo que había pasado, se firmó un pacto de silencio que llamamos Transición y que durante décadas se vendió como modélica. Quizás lo fue, en términos de estabilidad. Pero tuvo un precio. Y ese precio lo siguen pagando las familias que no saben dónde están sus muertos. Lo que no se nombra no desaparece. Se pudre bajo tierra y un día vuelve.

El 14 de junio fue el Día de la Memoria Histórica y Democrática en Andalucía. Una fecha que la mayoría de la gente no conoce, que no se conmemora en los institutos, que no aparece en los telediarios salvo para que alguien de la derecha aproveche y diga que «hay que mirar hacia adelante» o que «esto solo sirve para reabrir heridas». Como si las heridas estuvieran cerradas. Como si hubiera algo que reabrir cuando en realidad nunca se cerró del todo.

Y mientras tanto, el fascismo vuelve. No con botas y uniformes —aunque a veces también— sino con traje, con micrófono, con algoritmo. Con discursos que señalan al migrante, a la feminista, al sindicalista, al diferente. Con la misma lógica de siempre: «la culpa la tiene otro». Alguien concreto, identificable, señalable. Alguien a quien culpar del alquiler que no puedes pagar, del trabajo que no encuentras, del futuro que no ves. Es una respuesta sencilla para problemas complejos, y las respuestas sencillas siempre tienen más éxito que las verdaderas.

Entiendo la rabia de los jóvenes. La entiendo porque es legítima, y porque la comparto. El mundo que nos ha tocado es complicado, caro, incierto. La vivienda es un lujo, la estabilidad laboral una rareza, el futuro una pregunta sin respuesta clara. Esa rabia necesita un canal. Y la ultraderecha se lo da, rápido y envuelto en identidad y pertenencia: «nosotros somos los tuyos, ellos son el problema».

La izquierda, en cambio, tiene respuestas más honestas y bastante más incómodas. Para conseguir algo hay que organizarse, hay que pelear, hay que construir colectivamente, hay que tener paciencia con los procesos lentos. No hay enemigo simple ni solución inmediata. La transformación real es lenta y exige esfuerzo. Eso no vende tan bien. No da el mismo chute de adrenalina que señalar a un culpable. Pero es lo único que ha funcionado históricamente cuando se ha tratado de cambiar las cosas de verdad.

El problema es que para saber eso hay que conocer la historia. Y la historia no se enseña. O se enseña de puntillas, con guantes, sin sangre, sin nombres, sin consecuencias reales. Se enseña como algo que pasó muy lejos y hace mucho tiempo, protagonizado por gente que ya no existe, en un país que ya no es el nuestro. Y así es imposible entender que lo de entonces y lo de ahora son la misma cosa con distinta ropa.

Porque no es casualidad que los mismos partidos que blanquean el franquismo sean los que recortan en educación pública, los que eliminan unidades de memoria democrática, los que retiran subvenciones a asociaciones que buscan fosas, los que votan en contra de cualquier ley que intente hacer ese ejercicio de mirada honesta hacia el pasado. No es casualidad. Es estrategia. Una democracia que no conoce su propia historia es una democracia más fácil de manipular.

Me pregunto qué habría pasado si en el instituto alguien nos hubiera explicado, sin prisa y sin eufemismos, lo que fue la dictadura. Si nos hubieran puesto nombre a las víctimas. Si nos hubieran enseñado que la democracia que tenemos no cayó del cielo sino que la construyeron personas que arriesgaron su vida por ella. Si nos hubieran explicado que los derechos que damos por sentados —votar, manifestarse, organizarse, tener un sindicato, casarse con quien quieras— son conquistas que costaron sangre, cárcel y exilio. Que no son el estado natural de las cosas. Que pueden perderse.

Quizás algunos de esos chavales que hoy hacen el saludo romano en TikTok habrían llegado a otra conclusión. O quizás no. Pero al menos habrían tenido la información.

La memoria no es nostalgia. No es regodearse en el dolor ni reabrir heridas por capricho. Es entender de dónde venimos para saber adónde podemos ir. Es vacunarse contra la repetición. Es la única herramienta que tenemos para reconocer el peligro cuando vuelve disfrazado de novedad.

Y el peligro ha vuelto. Está en los parlamentos, en los ayuntamientos, en los grupos de WhatsApp, en los comentarios de YouTube. Habla de libertad mientras recorta derechos. Habla de nación mientras excluye a parte de ella. Habla de valores mientras reivindica una época en la que los valores de mucha gente no contaban nada.

El 14 de junio existe para recordar que hubo quienes lucharon para que pudiéramos vivir como vivimos. Para honrar a los que no pudieron contarlo. Y para asumir que esa lucha no terminó, que cada generación la hereda y tiene que decidir qué hace con ella.

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