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La OTAN debe fenecer

· 6 min · Yanis Varoufakis

La idea de una Unión Europea de Defensa va ganando terreno en toda Europa. Pero mientras siga dominando la OTAN la seguridad europea, seguirá siendo inalcanzable la perspectiva de construir su propia unión de defensa efectiva. Para alcanzar la soberanía en materia de defensa (y en general), Europa debe disolver la OTAN, una perspectiva tan improbable como necesaria.

Mark Rutte, ex primer ministro neerlandés y actual secretario general de la OTAN, reveló recientemente una verdad que causó asombro en toda Europa. Ha descrito la Alianza no sólo como escudo defensivo de Europa, sino como “…plataforma para que los Estados Unidos proyecten su poder en el escenario mundial”, y afirmó que “utilizar los recursos clave aquí en Europa” resulta “crucial también para el éxito de esta campaña norteamericana-israelí” en Irán.

Rutte lleva razón. La OTAN es una base de avanzada para guerras que Europa no ha elegido, contra adversarios que no tiene, al servicio de las ambiciones globales de una potencia cada vez más en desacuerdo con los intereses y valores europeos. Los líderes europeos han sabido siempre que la alianza del Atlántico Norte era una unión desigual, pero la aceptaron a cambio de la promesa de seguridad.

Ahora que el compromiso de los Estados Unidos con la seguridad europea está en entredicho, Rutte se encuentra solo al seguir celebrando un acuerdo que mantiene a Europa atada al imperio norteamericano. Hasta entre los atlantistas europeos va disminuyendo (si bien a cámara lentísima) la fe en que la OTAN vaya a volver automáticamente a su configuración predeterminada una vez que Donald Trump deje el cargo.

El asentimiento permanente a los caprichos de los Estados Unidos no constituye una estrategia de defensa europea. Al mismo tiempo, hasta los europeos más conservadores reconocen que la OTAN sería sin los Estados Unidos como una bicicleta sin ciclista. Por esa razón, se multiplican los llamamientos a favor de una Unión Europea de Defensa, muy probablemente una coalición de países dispuestos a colaborar, fundada mediante el procedimiento de cooperación reforzada de la Unión Europea y que se extendería a Noruega y el Reino Unido.

Pero ahí reside el problema. Mientras siga existiendo la OTAN, se hace imposible una alternativa europea viable.

Una Unión Europea de Defensa que funcione correctamente requiere respuestas claras a cuatro preguntas cruciales: ¿Quién realiza los pedidos de armamento para Europa? ¿Quién emite la deuda común necesaria para pagarlo? ¿Cómo se distribuye el gasto resultante entre las empresas líderes de la industria de defensa de los Estados miembros? Y, por último, pero no menos importante, ¿quién impartirá las órdenes a los europeos uniformados a la hora de matar y morir?

Las respuestas sensatas a estas preguntas no pueden ser intergubernamentales ni puede la OTAN proporcionarlas. El requisito indispensable para que Europa construya su unión de defensa es la unión política que rechazaron los artífices de su unión monetaria.

Hay quienes afirman que las actuales amenazas existenciales que afronta Europa, especialmente tras la invasión rusa de Ucrania, pueden generar el impulso hacia la unión política que no lograron producir la crisis del euro y la pandemia. Sea cierto o no, una cosa está clara: una unión de defensa funcional requiere una unión política, y la continuidad de la OTAN es incompatible con ella.

Para la generación de la Guerra Fría, subordinar la defensa de Europa a las prioridades norteamericanas tenía sentido. Las élites norteamericanas y de Europa Occidental estaban alineadas por un temor genuino y existencial a la Unión Soviética y por un mecanismo financiero que, en las décadas de 1950 y 1960, convirtió a Europa en la recicladora de los superávits estadounidenses. Incluso después de que los superávits estadounidenses dieran paso a déficits masivos, Europa exportaba sus dólares excedentes de vuelta a Estados Unidos: los norteamericanos compraban automóviles alemanes y bolsos de lujo franceses, mientras que los europeos usaban esos dólares para comprar deuda, acciones y bienes raíces norteamericanos.

Mientras tanto, cayó el Muro de Berlín. La Unión Soviética se convirtió en una pieza de museo, y la Rusia de Boris Yeltsin no deseaba otra cosa que unirse a Occidente, OTAN incluida. Los Estados Unidos ya no temían a Rusia. Lo que Estados Unidos de veras temían era una relación demasiado estrecha entre Alemania y Rusia, por temor a que se vieras amenazada su hegemonía sobre Europa.

La industria alemana dependía del gas ruso. Pero las exportaciones alemanas dependían de los déficits norteamericanos, los cuales les dieron a los Estados Unidos la influencia necesaria para asegurar la aquiescencia de Alemania a su política de doble filo que impedía la integración de Rusia en Europa. Empobreció deliberadamente a la sociedad rusa y expandió la OTAN hacia el este, creando así las condiciones perfectas para el ascenso de un líder autoritario como Vladimir Putin.

A medida que la OTAN avanzaba hacia el este, las nuevas élites gobernantes —en los países bálticos, pero también en Polonia y ahora en Finlandia— descubrieron que podían tener una influencia mucho mayor dentro de la UE convirtiéndose en los agentes más fervientes de la hiperexpansión norteamericana. De repente, Europa añadió a su división Norte-Sur (que separaba a Alemania y los Países Bajos, con superávit, de Grecia, Italia y España, con déficit) una nueva brecha.

Aunque los Estados Unidos no tuvieran interés en dividir Europa para dominarla, la OTAN ha amplificado las fuerzas centrífugas que hicieron imposible forjar la unión política europea y, por extensión, cualquier unión de defensa efectiva. Por eso, Europa debe abandonar la OTAN, no porque Rusia sea amistosa (no lo es), ni porque sean malvados los Estados Unidos (son simplemente imperialistas). Antes bien, Europa debe abandonar la OTAN porque una alianza que sirve de plataforma para que los Estados Unidos proyecten su poder en el escenario mundial beneficiará indefinidamente a suficientes actores europeos como para frustrar la consolidación y la soberanía de Europa.

Una vez le oí decir a la novelista irlandesa Edna O’Brien que “la ruina de un corazón es lenta y sigilosa, disfrazada de deber”. Lo mismo ocurre con la ruina de un continente. Cada vez que un líder europeo viaja a Washington y se arrodilla en el Despacho Oval, el daño se agrava, lenta y sigilosamente, disfrazado de deber.


Fuente: Project Syndicate, 22 de mayo de 2026, traducción de SinPermiso

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