El Patrimonio, en toda su extensión, goza de escaso interés ni prioridad en muchos ambientes, empezando por las Administraciones. Calles, plazas, espacios únicos de descanso y disfrute visual, son vistos como piedras, ladrillos; incluso muchos arquitectos, quienes, por su profesión, deberían ser los más sensibles, solo parecen dispuestos a cambiar elementos imaginativos por paredes de pladur. Una restauración rigurosa es para muchos de ellos “una antigualla”, porque, dicen sin ruborizarse, “ya no es barroca ni renacentista, porque este no es aquel siglo”. Según eso, “todo lo antiguo es viejo y desfasado” y todo lo moderno, aunque sea agresivamente simplón, ”es bueno porque es nuevo”. Todo lo nuevo me encanta, decían los admiradores del fálico edificio con aires de moderno “rascanubes” colocado a doscientos metros del casco antiguo, como un “nuevo icono”. Como si alguien fuera a venir a Sevilla para medir la altura de los edificios.
Así parece pensar también la autoridad, cuando se permite abandonar la Iglesia de San Pedro de Alcántara o la de San Lázaro, cuando considera “normal” que más de cien mil bienes, la inmensa mayoría BIC y muchos Patrimonio Mundial, hayan sido apropiados por la Iglesia Católica, su forzado e ilegítimo propietario para su negocio —hasta que la Justicia se decida a poner orden— sin siquiera cuidar su conservación, como ha ocurrido con el jarrón de azucenas de la Giralda, caída a causa del abandono de sus reverendísimos, o la Biblioteca Colombina y otros muchos casos. Pensarán que ser Patrimonio Mundial es un engorro porque les obliga a cuidar esos bienes. ¿Para qué? Ya se gastan el dinero en su nombre, ayuntamientos, diputaciones y Junta de Andalucía, para redondearles el negocio.
La Junta sigue guardando silencio, pero la Diputación se ha interesado, por fin, por el proyecto lanzado en solitario por Concha Cobreros —ya le podría haber hecho al menos una mención el pasado día 8—. El Ente provincial y el Ayuntamiento por fin se interesan por uno de los mejores recuerdos de la civilización latina, muestra de la riqueza cultural de Andalucía, tan temida y combatida por las autoridades centrales, autonómicas y, en muchos casos, las locales. Tanto y tan cierto como el nulo interés de nuestro ínclito Presidente, Moreno, quien, gracias a la intervención de la UE, no llegó a desecar Doñana, poner en peligro su supervivencia, y provocar un desastre mundial. Habría que saber si vería más bonito colocar sobre sus restos una hermosa ciudad residencial donde mostrar a multimillonarios extranjeros algún pino superviviente o una espátula disecada, y acto seguido no le importa envenenar el Guadalquivir para favorecer a “unos amigos” mexicanos que, cuando agoten la mina, se irán, dejándonos la contaminación. Solamente. Él no comerá ni fresas, esa fruta por la que ha defendido la sustracción de agua por los cultivadores millonarios, ni arroz. Y si lo comiera, lo haría traer de Egipto como Gran Visir habitante de uno de los palacios barrocos más importantes de la península. Aunque afirme fomentar la industria andaluza.
Apúntense algún tanto; bueno es mientras se ocupen de cumplir bien su deber y cuiden Andalucía. Lúzcanse, pero no a costa de, sino a favor del pueblo andaluz. Hay más méritos para lucirse: Aracena, Archidona, Arcos, Baza, Écija, Estepa, Guadix, Huércal y los andaluces huidos de la masacre, Jaén, Los Millares, Osuna, Priego, Ronda, Sanlúcar, Tejada… historia, cultura, enseñanza, comercio, industria, artesanía, el cristal, perdido aquí después de haberlo enseñado a Murano. Acaben con el abuso de las inmatriculaciones, plántense en defensa del Patrimonio, de todo el Patrimonio, cultural, natural y humano; rechacen y recuperen los bienes apropiados y devuélvanlos al Común.
¿Debería la UNESCO confiar en nombrar algún sitio más, a la vista del tratamiento recibido por los actuales? Ojalá lo disculpen, o no estén bien informados y se produzca el nombramiento, porque la cultura y su conservación lo merecen de sobra. Ahora, la Diputación, el Ayuntamiento y la Junta de Andalucía, se deben comprometer a mantener el sitio artístico, arqueológico, arquitectónico, urbanístico y didáctico, en perfecto estado, como legación a la historia futura, que en ese caso lo agradecerá (salvo formación tecnificada del “estilo Bolonia”).





