El problema empezó en el tiempo todavía oscuro anterior a la transición. La sola mención a características propias, a señas de identidad capaces de justificar la posibilidad de reclamar autonomía para Andalucía, era rechazada con argumentos tanto primitivos como sofisticados, pretendidamente cultos, por ejemplo, tachar la argumentación de «acientífica», antes de haberla escuchado. Era una consigna, una orden dimanada de la dirección del Partido Comunista de España, seguida con fervor por el grupo todavía aspirante a hacerse con la dirección del llamado Partido Socialista Obrero Español. Por tanto, anterior al simbólico 1974. Justificaban dos autonomías, dos, solo dos y nada más que dos, pretendidamente justificadas en haberla perdido por el golpe de Estado sufrido en 1936. Justificación absolutamente inválida, pues Andalucía tenía preparado el referéndum para septiembre, después de las calores, y se aprovechó el verano para darlo a conocer, por el mejor método en aquel momento: recorrerla pueblo a pueblo. Por lo tanto, la autonomía andaluza, retrasada desde el mismo 1931 debido a la oposición de los políticos del PSOE el PCE y otros, quienes entorpecieron todo lo posible su propagación y desarrollo a lo largo de esos cinco años, sí que fue segada por el golpe.
Cuando el haber disfrutado su autonomía durante la II República resultó argumento insuficiente, esos mismos políticos importaron el principio estalinista según el cual «el idioma es el principal valor imprescindible para tener derecho a ser autonomía». Aserto absolutamente falso, pues en ese caso muchos estados deberían dividirse en varios y otros deberían volver a entrar en el vientre de la «madre patria», término tan manoseado durante el franquismo. Más de mil millones hablan español, francés o inglés.
Pues, ya puestos, ¿por qué no? Cómo la falta de un idioma distinto era, según este movimiento pro acérrimo centralismo, ausencia de derecho, no les faltó escrúpulos para afirmar textualmente: «Cataluña fue conquistada por España y Andalucía se unió voluntariamente». El mundo casi al revés, porque Cataluña tampoco se había unido a España, fue heredada por la corona de Austria, junto con el reino de Aragón del que formaba parte.
Aparte del fuerte contenido propagandístico y centralista, las tesis para mantener Andalucía fuertemente atada a la imperial Castilla, por tanto dependiente, aquellas tesis sobadas y manipuladas con fuerza, para alcanzar una razón inexistente, resultaban falsas en toda su extensión y denotaban el único interés real existente: mantener Andalucía en la indigencia para mejor utilizar a capricho sus recursos humanos, intelectuales, culturales o económicos. Ello explica los impedimentos puestos por el gobierno desde final del siglo XVIII al desarrollo de Andalucía, combatido desde el poder político después de haber sido la primera comunidad donde cuajó la «revolución industrial» y el boicot subsiguiente a su despegue hasta la actualidad.





