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Flamenco

Redacción

· 4 min · IRR-3 · Redacción

Los folklores en todo el mundo son músicas populares de autor desconocido, rítmicas o melódicas, o de ambas formas porque combinan el beneficio del resultado, por lo general de composición poco o nada compleja, normalmente alegres, o no, depende de la variedad que es riqueza, porque nacen de la creatividad popular del carácter y la idiosincrasia de cada pueblo, a lo cual se ajustan sin que ninguna regla lo requiera. La música, como el idioma, como la literatura, ha creado su propia norma. Nadie las ha inventado, nadie las ha impuesto. Han brotado del mismo hecho de componer, de escribir, de expresarse. En definitiva, de crear. Y de crear sin ataduras, no es una contradicción, es una reafirmación. Esas normas, presentes desde el principio de forma espontánea, marcan, descubren el estilo, la variante, la forma de expresión y se autoimponen tras ser conocidas, recogidas y estudiadas.

Con frecuencia, la ignorancia se rebela contra ellas, como si alguien intentara imponerlas. Igual muestran su reserva ante los tres actos de toda forma literaria o audiovisual, o las siete notas del pentagrama y, como si el rechazo fuera posible, se oponen con expresiones semejantes a «¿Cómo vas a encasillar a Beethoven, a Shakespeare o a Cervantes?», «¿Los vas a encerrar en tres actos?». Sin embargo, la música, la literatura, el teatro, el cine, el ensayo literario, todo lo leído, oído o visto con complacencia, todo cuanto es recordado, está hecho en tres actos. Aunque el autor hoy lo analice y estudie la forma de división o lo haga motu proprio, de forma espontánea, sin proponérselo, que son la mayoría de los casos. Desde la antigüedad, la Edad Media, el Renacimiento, el Barroco, el Modernismo, hasta la actualidad, todo se ajusta a ese patrón, ya sea por voluntad o intuición, aun cuando la mayoría de los autores y autoras pudieran no haber llegado siquiera a percatarse ni lo pudieran aprender en ninguna escuela. Los llevó a ello su intuición, su sentido estético y artístico.

El flamenco, nacido como cante personal, intimista, con toda probabilidad comenzado a brotar con el avance de la conquista, fue tomando forma, motivado por la interpretación oculta, clandestina, hasta crear un cuerpo a partir de finales del XVII y XVIII y consolidarse ya en el XIX. Es, también, el único folklore que ha dado lugar a distintas variantes, surgidas precisamente de la individualidad, a lo largo de su prolongada formación, tan personalizadas, que cada una constituye un estilo distinto, fácilmente identificable (recientemente titulados «palos», aunque el árbol del flamenco no tiene «palos», tiene ramas).

Pero lo fundamental en el flamenco no es el «¡Ay!», ni muchos «ayes». Es un sentimiento, un grito que brota de lo más profundo, tanto en los estilos más serios como en los más alegres. El flamenco ha adoptado y ha hecho suyos con ligeras o profundas variantes estilos anteriores a él, como el fandango o la verdial, a los que ha cedido su filosofía y su forma de entender el cante.

El flamenco también es uno de los dos únicos folklores, junto con el jazz, en haber dado a luz otras formas, otros estilos musicales que solo a veces conservan parte de su filosofía, y guardan alguna ligera semejanza, pero son menos espontáneos, porque son derivados y nunca alcanzan su profundidad. La diferencia estriba en que, en el caso del jazz, su principal derivado, el rock, por ejemplo, adoptó un nombre nuevo, distinto. Respetó su raíz y no se les ocurrió llamarlo «Nuevo fazz», ni «Jazzito», ni «Nuevo Jazzito». En esto ha demostrado mucha más dignidad que los creadores de los estilos en alguna medida derivados del flamenco. Juanito Valderrama, magnífico intérprete de ciertas variantes, ramas del árbol, ha interpretado, sin embargo, más copla que flamenco. No obstante, eso no justifica cualquier canción que pueda contener un melisma. Sostener una nota, o el ritmo lejanamente asimilado, por sí solos, no hacen flamenco.

Cuando se usa despectivamente la palabra «purismo» se defiende la prostitución del flamenco. Porque respetar es muy distinto a conservadurismo: es conservacionismo. Es respeto a la integridad, lo contrario de integrismo. No hay «purismo» en el sentido peyorativo en que es usado, en pedir respeto para un monumento, una obra de arte o, en este caso, el flamenco. Respeto falta a los bautizantes de esos nuevos estilos lejanamente emparentados con él. Peor sería que, simplemente, hayan querido aprovecharse de la fuerza de su supuesto padre, el flamenco.

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