Escribo esto desde tres sitios a la vez: como concejala, como vecina y como militante. Y desde los tres, últimamente, siento la misma rabia.
En pleno mes del Orgullo, la juventud del Partido Popular de La Rinconada decidió grabar un vídeo. Colorines, sonrisas, un mensaje bonito sobre lo orgullosos que están de su partido. Nada que objetar a que unos chavales salgan en un vídeo, por supuesto. El problema no es el vídeo. El problema es lo que el vídeo tapa: mientras se rodaba, el mismo partido se abstenía en la penalización de las terapias de conversión. No lo digo por decir. No hemos soltado ninguna noticia falsa, ni falta que nos hace: lo único que hemos hecho es señalar lo que consta en acta. Se abstuvieron. Eso no es una opinión, es un hecho verificable, y ya es fuerte tener que recordarlo.
Porque cuando alguien se abstiene ante la penalización de las terapias de conversión, hay solo dos explicaciones posibles: o no le gusta la idea, o no se le había ocurrido a ellos y ahora no quieren reconocerlo. No sé cuál de las dos me generaría más rechazo. Ambas son un fracaso moral, cada una a su manera: una es indiferencia activa, la otra es anteponer el orgullo de partido a la vida de otras personas. Ellos se han reservado durante años el derecho a decidir qué familia es válida, qué amor merece ley y cuál no, qué educación es "ideología" y cuál no. Pero en el momento en que alguien les devuelve esa misma vara de medir, se victimizan. Nos acusan de "apropiación partidista", de que "cansa" ver cómo utilizamos a "los seres humanos" para hacer política. La misma gente que ha convertido la existencia de un colectivo entero en materia de debate durante décadas, ahora se ofende porque señalamos que su defensa del Orgullo tiene fecha de caducidad de un mes al año.
No se puede exigir lo que no se da. No se les puede pedir coherencia si lo único que ofrecen es discurso. Nos dicen que "los partidos evolucionan junto a la sociedad", sin especificar nunca qué evolucionaron ni cuándo ni por qué —una forma cómoda de insinuar que antes se equivocaban sin admitir en qué ni pedir perdón a nadie— pero esa misma evolución que se conceden a sí mismos nunca se la aplican a la izquierda, a la que siguen juzgando por su pasado como si el tiempo no corriera igual para todos, mientras ellos votan hoy exactamente en la misma dirección que aquel pasado del que dicen haberse distanciado.
Nosotras se lo dijimos así de claro: el Orgullo es más que un día, son 365 días de visibilización y de trabajo, no un cartelito y un vídeo gracioso para las juventudes mientras se hace mutis por el foro en las manifestaciones. O las juventudes populares no saben lo que vota su propio partido, o lo saben y nos quieren engañar. Ellos respondieron quejándose de que somos nosotras las malas por señalarlo. Y en los comentarios de ese mismo post suyo, un concejal del PSOE contaba algo que se me ha quedado clavado. Decía que mientras él descubría su sexualidad, escuchó a dirigentes del PP descalificar el matrimonio del que hoy disfruta. Le decían que la adopción por parte de dos padres o dos madres era, literalmente, "la última opción" para un menor. Hoy es padre de dos hijos. Eso no es un dato abstracto ni una cifra en una encuesta. Es una persona con nombre y apellido que estuvo del otro lado del discurso mientras se construía su vida, y que hoy tiene que oír a esos mismos partidos aplaudirse a sí mismos en el mes del Orgullo. La respuesta que recibió fue exactamente la que cabía esperar: "respeto tu historia personal", seguido de esa misma frase de la que ya hablaba antes, "los partidos evolucionan", que no compromete a nada ni a nadie. Es la fórmula perfecta para no disculparse sin parecer que no te disculpas.
Porque ahí está el fondo del asunto: ellos no saben lo que es pedir perdón. No por incapacidad, sino porque hacerlo tendría un coste que no están dispuestos a pagar. Y como no saben pedir perdón, tampoco pueden parar. Seguirán abanderando en junio y absteniéndose el resto del año, indefinidamente, porque no hay ningún mecanismo interno que se lo impida.
Y aquí quiero pararme en una diferencia que para mí lo explica todo. Ellos abanderan. Nosotras defendemos. Parecen sinónimos y no lo son en absoluto. Abanderar es coger un símbolo, ponerlo bonito, sacarlo un mes al año y guardarlo el resto. Es discurso. Es un vídeo de juventudes con música alegre. Defender es otra cosa: es representar a la gente real que hay detrás de la bandera, no la bandera en sí misma. Nosotras no defendemos un símbolo, defendemos a las personas a las que ese símbolo representa. Y esa defensa, a diferencia del discurso, tiene un precio que se paga con el cuerpo. Porque quien defiende de verdad, en la calle, se lleva las cargas policiales. Es a la gente de izquierdas a la que la policía apalea en las manifestaciones, es a nosotras a quienes las pelotas de goma nos sacan un ojo, es a nosotras a quienes empujan por la espalda cuando estamos más indefensas, precisamente mientras defendemos derechos que otros luego lucen como si fueran suyos un mes al año. Esa asimetría —quién pone el cuerpo y quién pone el vídeo— es la que de verdad separa a quien defiende de quien simplemente abandera.
Cuando les señalas esto, la respuesta ya la conocemos de memoria. En vez de contestar por la abstención concreta, en vez de explicar qué tienen en contra de penalizar las terapias de conversión, se cambia de tema. Aparece Ábalos. Aparece Tito Berni. Aparece Monedero. Aparece cualquier nombre de la izquierda estatal que sirva para no hablar de lo que votan, o dejan de votar. Pero esa jugada tiene truco, y es fácil de desmontar: nosotras sí hemos señalado con el dedo lo que ha pasado cerca de nuestro propio partido. No lo hemos tapado, no hemos mirado para otro lado, no hemos cerrado filas por encima de la vergüenza. Hemos estado del lado de la gente incluso cuando eso significaba incomodar a las nuestras. Esa es, precisamente, la autocrítica que les exigimos a ellos y que jamás practican. Todavía estamos esperando que pidan perdón. No solo por lo que hacen, sino por lo que dejan de hacer. No solo por lo que votan, sino por lo que dejan de votar.
Y esto se ve clarísimo aquí mismo, en nuestro propio pleno. Durante mucho tiempo nos hemos reído del concejal de VOX en La Rinconada, que espera a que el PP anuncie su intención de voto para saber qué votar él. Decíamos, con cierta sorna, que vota "lo que diga su mamá". Pues bien, ese mismo patrón de dependencia ya se ha invertido un peldaño más arriba, en el Parlamento de Andalucía: allí es el PP quien depende del voto de VOX, hasta el punto de haberle cedido una vicepresidencia y varias consejerías a cambio de la investidura, asumiendo como propio un lenguaje que el mismo Bonilla llamaba "eslogan hueco" o "literatura" cuando no lo necesitaba para gobernar. Ese pacto, además, no menciona ni una sola vez la violencia machista ni al colectivo LGTBIQA+. Ni una. Así que ahora resulta que lo que dice papá es lo que va a misa, al Parlamento de Andalucía. Y lo que ya ha pasado allí arriba empieza a vislumbrarse aquí abajo, en nuestro propio ayuntamiento. Cuando digo que tienen que agachar la cabeza y asentir a lo que mande el programa de VOX, no lo digo como insulto gratuito: no es interpretación mía, es el precio que han pagado, con nombre y cartera, por seguir gobernando.
Y aquí es donde pierdo la ingenuidad, porque la tengo perdida desde hace tiempo. Están dispuestos a llevarse por delante a quien haga falta con tal de seguir ganando: a un colectivo entero un mes sí y once meses no, a quien haga falta ceder para sumar un voto en la Junta, a la coherencia misma si hace falta. Lo sé, y aun así lo seguimos señalando. No porque esperemos que un día se disculpen —ya hemos visto que no saben cómo—, sino porque señalar es lo único que nos queda cuando la otra parte ha decidido que la vergüenza no es una categoría que le aplique.
Lo digo también como vecina, no solo como concejala o militante: tengo familia y amigos que para esta gente no merece existir. Y quiero, si algún día decido tener hijos, que crezcan en un mundo donde nadie tenga que preguntarse si merece existir, el mismo mundo que quiero para los que ya están.
Y quizá esa sea, al final, la diferencia más honesta entre ellos y nosotras: nosotras no venimos a gobernar para siempre. Venimos con la esperanza de que, algún día, dejemos de ser necesarias. Que llegue un día en que defender estos derechos no haga falta porque ya nadie los cuestione, en ningún pleno, en ningún vídeo, en ningún mes del año. Ellos, mientras tanto, seguirán abanderando en junio. Nosotras seguiremos defendiendo en cada pleno, en cada asamblea y en cada calle.





