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Cuando el PP convirtió el alma de Sevilla en un mantel de lino pagado por el contribuyente.
La Giralda lo ha visto todo. Fue testigo de la Sevilla almohade, de la conquista cristiana, de los terremotos, de las procesiones de Semana Santa, de las lágrimas de los turistas que suben sus rampas a caballo —antes a caballo de verdad, ahora a caballo de sus propias piernas cansadas—. Pero nunca, en sus ochocientos años de historia, la pobre había tenido que aguantar ser el adorno de mesa de una cena de señoritos pagada con la caja de todos.
El pasado 17 de septiembre, la Plaza Virgen de los Reyes —ese espacio que la ordenanza municipal prohíbe expresamente ocupar para eventos privados, vaya usted a saber por qué— se transformó mágicamente en el comedor de gala de los XX Premios Escaparate. Porque en la Sevilla del PP, "prohibido" es solo una palabra que se usa con los vecinos que quieren sentarse en un banco a tomar el fresco. Con los amigos, es una sugerencia.
La escena habría sido deliciosa si no doliera tanto: manteles de lino, copas de cristal, camareros en uniforme, unos 400 invitados especialmente seleccionados (es decir, que aparecen en las revistas de sociedad o tienen un cargo público que les permite repartir contratos a dedo), y al fondo, imponente, la Giralda, iluminada como si fuera la lámpara de un salón de fincas. El presidente de la Junta, Juanma Moreno, y el alcalde, José Luis Sanz, entre los comensales de honor. Porque nada dice "compromiso con lo público" como cenar en lo público pagado por lo público para celebrar lo privado.
El coste de la operación cortijo: 36.058 euros de dinero público. Desglose, para que quede claro: el Ayuntamiento de Sevilla aportó 14.900 euros más IVA (hasta los 18.029), y la Junta de Andalucía otros 18.000. Ambos, por supuesto, mediante contratos menores adjudicados a dedo, esa práctica tan democrática que consiste en saltarse cualquier concurso público porque "es urgente" o "es solo para una cena".
Hagamos un ejercicio rápido de ironía matemática, que es lo único que nos queda a los que no estamos invitados a estas fiestas: esos 36.058 euros son aproximadamente 2.253 menús del día de 16 euros en los bares del centro —esos mismos bares que se quejan de que la ciudad está vacía, que los turistas no gastan, que los impuestos suben—. Son 3.004 entradas de 12 euros para subir a la Giralda. Son varias semanas de sueldo de un funcionario de limpieza que, precisamente, tendrá que recoger las sobras de esta fiesta al día siguiente.
Pero lo verdaderamente delicioso, en el sentido amargo del término, es la justificación. La delegada de Turismo, Angie Moreno, explicó que el Ayuntamiento "coorganiza" el evento y que por tanto puede pedir la ocupación de la vía pública. Vamos, que, si yo me hago coorganizador de una cena con mis amigos en la Plaza de España, ¿me dejan cerrarla también? ¿O es que el derecho a coorganizar solo se aplica cuando el organizador tiene una revista de sociedad y contactos en la alcaldía?
La respuesta llegó pocos días después, cuando los vecinos convocaron una protesta con un lema que debería ir grabado en piedra: "Trae tu silla y recupera tu plaza". Más de 200 personas se sentaron en ese mismo enclave, con sus propias sillas, su vino barato y sus pipas, para demostrar que el espacio público es de todos, no solo de los que pueden permitirse un mantel de lino y una copa de cava pagada por el contribuyente. Una vecina lo resumió con la claridad que solo da la rabia contenida: "Por lo visto está prohibido sentarse aquí, pero depende de quién seas".
Porque eso es exactamente lo que ha pasado aquí. La norma que prohíbe eventos en esa plaza —aprobada en 2007, para proteger un espacio declarado Patrimonio de la Humanidad— se ha convertido en una de esas leyes que existen solo para ser ignoradas por quienes las hacen. El Ayuntamiento sostiene que la gala podía acogerse a "excepciones". Claro que sí. La excepción de ser amigo del alcalde. La excepción de tener dinero para pagar una revista que te da premios. La excepción de que las leyes son para los plebeyos, no para la aristocracia política y empresarial que ahora gobierna la ciudad.
La denuncia por prevaricación administrativa y malversación presentada por Iustitia Europa ya está en los juzgados. Probablemente no pase de nada, que es lo que suele pasar cuando los poderosos se comen el dinero de todos en una plaza frente a la catedral. Pero, aunque la justicia tarde o no llegue, la imagen ya está grabada en la retina de todos los sevillanos: la Giralda, que durante siglos llamó a los creyentes a la oración, iluminando una cena de 400 privilegiados mientras los vecinos miraban desde fuera, detrás de las vallas, preguntándose cuándo se convirtió su ciudad en un cortijo donde solo comen los dueños.
Vox, por su parte, lo ha resumido con su habitual elegancia intelectual: "Con la que está cayendo, me llama la atención que el problema sean los 18.000 euros de la cena". Tienen razón, en cierto modo. El problema no son solo los 36.058 euros. El problema es la actitud. El problema es que, para estos señores, el espacio público es un escenario para sus fiestas, la ciudad es un producto que se vende al mejor postor, y los ciudadanos somos solo el público que paga las entradas, pero no puede entrar a la función.
La Giralda seguirá ahí, impasible, cuando se olviden de esta cena, cuando los políticos actuales sean solo un recuerdo en las crónicas locales. Pero los sevillanos también recordaremos. Recordaremos que un día, nuestros representantes cerraron la plaza más hermosa de la ciudad para cenar con sus amigos, pagando con nuestro dinero, violando nuestra propia normativa, y tratándonos como si fuéramos los invitados indeseados en nuestra propia casa.
Y la próxima vez que veamos a un político hablando de "defender lo público" o de "estar cerca de la gente", recordaremos esa imagen: manteles de lino bajo la Giralda, vallas separando a los de dentro de los de fuera, y el silencio cómplice de todos los que prefieren mirar hacia otro lado mientras el cortijo se va comiendo la ciudad entera.





