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Carta a ti, que también eres yo

· 6 min · Sheila Guerrero Garzón

Hay una foto nuestra en la que los dos miramos al mismo sitio. No recuerdo qué había allí — probablemente nada importante — pero me gusta que estemos mirando juntos. Me parece que eso lo resume todo.

Llevamos doce años construyendo una dirección común. No siempre la misma velocidad, no siempre el mismo mapa, pero sí el mismo horizonte. Y hay días en que me pregunto si soy consciente del privilegio que eso es. No el privilegio de tenerte a ti — eso también, claro — sino el privilegio de poder decirlo. De no tener que bajar la voz cuando hablo de nosotros. De que nadie nos haya mirado mal en un restaurante por cogernos de la mano. De que nuestra historia no haya necesitado nunca de valentía para existir. La valentía la han puesto otros.

Este mes, el mundo llena las calles de colores y a veces parece que el Orgullo es una fiesta. Y lo es. Pero antes de la fiesta hubo miedo, y hubo soledad, y hubo gente que amó en voz baja durante décadas porque el mundo les decía que su amor era un error. Hubo quien nunca pudo tener su foto mirando al mismo sitio que alguien. Quien tuvo que elegir entre ser feliz y estar seguro. Yo no tuve que elegir, y eso no es mérito mío. Es deuda.

Por eso el Orgullo no me parece ajeno aunque yo sea una mujer que ama a un hombre. Me parece una causa que me incumbe exactamente igual, porque va de algo que entiendo muy bien: el derecho a querer sin que nadie te lo cobre. El derecho a existir en público con la persona que has elegido. El derecho a que tu amor no sea un acto político — aunque a veces tenga que serlo para que deje de necesitar serlo.

Y luego está la otra cara. La que me revuelve el estómago si me descuido.

Esta semana, mientras en muchas ciudades de España se preparaban las banderas y los carteles y las marchas, el Papa ha venido a visitar este país. Ha hablado de respeto. Ha hablado de querer al prójimo. Ha dicho cosas bonitas con una sonrisa bonita, rodeado de cámaras y de gente que lloraba de emoción. Y al mismo tiempo, la institución que representa sigue defendiendo que la familia tiene una única forma válida, que el amor entre dos personas del mismo sexo es algo que hay que «acompañar con misericordia» — como si fuera una enfermedad que gestionar con paciencia cristiana. El mensaje de fondo no ha cambiado. Solo ha mejorado el envoltorio.

En la iglesia en la que me bautizaron, un párroco hizo una lista. Personas indignas, las llamó. Homosexuales, farmacéuticos que venden preservativos, viudas que no van a misa. Una lista de excluidos, firmada en nombre del amor al prójimo. Y la institución que lo ampara prefirió no comentarlo. Eso es lo que hay detrás de los discursos amables.

Y luego está la ultraderecha, que ya ni se molesta en disimular. Que usa el Orgullo como munición electoral, como señuelo para agitar el miedo, para convencer a gente asustada de que sus problemas reales — el alquiler, el trabajo, la sanidad — tienen la culpa, entre otros, los que marchan con banderas de colores. Que construye un enemigo imaginario con purpurina y lo señala mientras vacía derechos por la puerta de atrás. Que vota en contra de leyes de protección, que elimina unidades de igualdad, que recorta en políticas LGTBI+ y lo llama «libertad». La libertad de odiar con dinero público, aparentemente. Me niego a que me llamen ingenua por señalarlo.

Porque hay una línea directa, aunque no siempre sea visible, entre el párroco que condena y el político que legisla el desprecio. Entre el sermón del domingo y la enmienda del lunes. Entre la familia que expulsa a su hijo de casa a los dieciséis años porque le ha visto mirar a otro chico, y el sistema que durante demasiado tiempo miró hacia otro lado. Las palabras tienen consecuencias. El odio institucionalizado tiene consecuencias. Y vestirlo de tradición, de fe, de valores, no lo hace menos odio.

Vuelvo a nosotros. A esa foto.

Pienso en todo lo que no hemos tenido que atravesar. En que nunca hemos necesitado que nadie nos diera permiso. En que podemos ser un matrimonio sin que eso sea un acto de resistencia. Ese es nuestro privilegio invisible. Nadie va a venir a quitarnos lo nuestro. Pero hay parejas que siguen peleando hoy por tener lo que nosotros tenemos sin haber tenido que luchar. Y eso sí puede perderse — con una ley, con un gobierno, con suficiente silencio cómodo de gente como yo.

Por eso el Orgullo me importa. No como aliada de escaparate, no como la heterosexual que posa con la bandera arcoíris una vez al año para sentirse progresista. Me importa porque creo en la igualdad de verdad, la que no distingue qué tipo de amor merece respeto. Porque tengo personas a mi alrededor que han llorado en baños de discotecas creyendo que algo en ellas estaba roto. Que han tardado años en decirle a su familia quiénes eran y todavía hoy calibran, antes de cogerse de la mano en la calle, si el barrio es seguro. Ellas llevan toda la vida siendo valientes sin que nadie se lo haya pedido — y sin que nadie se lo haya agradecido lo suficiente.

Ser valiente para amar es una injusticia disfrazada de virtud. No deberíamos aplaudirla: deberíamos enfadarnos de que haga falta.

Así que esto va para ti, que eres mi casa. Pero también va para quien todavía no ha encontrado la suya. Para quien ama en silencio. Para quien lleva años siendo valiente sin que nadie se lo reconozca. Para el chico del pueblo que escuchó que era una persona indigna y que lleva esa frase clavada en algún lugar que no siempre se ve. Para la pareja que se casó sin familia porque la familia no vino. Para quien todavía tiene miedo.

El amor es un derecho. No un privilegio, no una concesión, no algo que se gana portándose bien o encajando en un molde que otros diseñaron hace siglos para controlar lo que sentimos. Un derecho. Y mientras haya una institución que lo niegue, un político que lo use como arma, un párroco que confeccione listas de indignas, o una ley que lo ignore, celebrar tiene que ir de la mano de reivindicar. La fiesta y la rabia. El baile y el puño. El amor y la pelea por defenderlo.

Porque el Orgullo no es solo un mes. Es la memoria de todo lo que costó llegar hasta aquí. Y la advertencia de que nada está garantizado para siempre.

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