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Revolución y sedición

· 4 min · IRR-2 · José Campanario

Esta misma mañana, una amiga desde hace muchos años, me ha enviado un vídeo celebrando el 52 aniversario de la Revolución de los Claveles: varios veteranos revolucionarios cantando Grándola Vila Morena. Lo que más impacta es la fe y la perseverancia que siguen manteniendo, a pesar de haber transcurrido más de medio siglo de esa revolución del pueblo portugués, en el objetivo final que no era otro que la obtención de la libertad.

Cuando se reflexiona un poco sobre los conceptos contrapuestos de Revolución y Golpes de Estado, no solo se llega a contenidos semánticos totalmente diferenciados por la profunda falla de los objetivos y de los ideales que los separan. Si bien es cierto que las revoluciones y los golpes de estado coinciden en una cosa, el empleo de la violencia, los motivos y los actores de ambos acontecimientos se diferencian enormemente. Vayamos por partes.

Las revoluciones se dan cuando hay una situación injusta en la que se oprime a los ciudadanos por una minoría. En tanto que en los golpes de estado los actores son una minoría que pierde derechos en favor de la mayoría. Tenemos, pues, dos supuestos distintos: por un lado, la motivación y por otro, los intereses.

Hay además otro componente de importancia y que, normalmente, se repite: las revoluciones son apoyadas por el pueblo y los golpes de estado tienen al pueblo enfrente. Es uno de los pilares de la dialéctica izquierda-derecha. Las revoluciones, normalmente, tienen un componente ideológico de izquierdas, en tanto que los golpes de estado son protagonizados por las derechas apoyadas, en muchas ocasiones, por intereses foráneos (recordemos Chile, Argentina, Venezuela, Panamá, Ecuador, Libia...) Intereses económicos aparte, la diferencia entre el apoyo popular o la oposición del pueblo es muy importante, fundamental, y un factor diferencial.

Hay además un tercer carácter en los golpes de estado: no se producen normalmente en el primer mundo. En tanto que las revoluciones, en sentido clásico, casi han desaparecido de nuestras sociedades modernas, avanzadas y democráticas. En la actualidad, ambos términos y hechos, han sido sustituidos por evolución, avance o progreso para denominar las revoluciones, y por involución, regresión, retroceso u otras similares en el caso de golpe de Estado.

Se ha producido un cambio sustancial, y lo ha hecho de forma casi imperceptible: ni los golpes de estado ni las revoluciones, en la actualidad, se producen con el uso de las armas, al menos en el primer mundo. De facto, los ejércitos de los países civilizados, y el ejército español es todo un ejemplo de ello, mantienen una exquisita neutralidad política y una profesionalidad encomiable. Hoy, los métodos de «concienciación» mediante el uso de los medios de comunicación, en muchos casos habría que decir adoctrinamiento, son mucho más eficaces y estéticos, refrendados incluso por la «democracia» de las urnas, para dar un auténtico golpe de estado consiguiendo, de paso, el beneplácito de la comunidad internacional. Y también se pueden producir Golpes de Estado con el uso de poderes fácticos y económicos; por desgracia esos intentos los estamos sufriendo en nuestro país cada día.

Pero volviendo a la Revolución de los Claveles, hay que destacar, además del masivo apoyo popular expresado en las calles por los ciudadanos portugueses, el proceso totalmente pacífico con el que se hizo. Ni un solo acto violento, salvo la detención de Salazar, el dictador portugués. No hay otro caso de revolución profunda en los anales, en los que haya sido tan pacífico el devenir de los acontecimientos. En la memoria histórica siguen las fotos de los claveles adornando las bocas de los fusiles. Quedan ahí, junto a esas imágenes, la lección de civismo, democracia y valor de nuestros vecinos lusos.

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