Cuenta la tradición que Trajano, emperador nacido en Itálica, ofreció su espada al prefecto del pretorio con una frase que aún debería incomodar a cualquier gobernante: úsala en mi favor si gobierno bien; úsala contra mí si gobierno mal. No era una frase ornamental. Era una declaración de principios. El poder, entendido no como privilegio sino como una responsabilidad sometida al juicio de los ciudadanos, de la historia y de la propia conciencia. Una espada no como símbolo de dominio, sino como balanza. Una espada que podía defender al gobernante honesto, pero también condenarlo cuando traicionara aquello que decía representar.
Hacía falta valentía para pronunciar algo así. Y, sobre todo, hacía falta una seguridad íntima: la de quien cree que sus actos soportarán el peso de la verdad. Resulta difícil imaginar a Juan Manuel Moreno Bonilla haciendo un gesto semejante. No porque carezca de espada, sino porque probablemente la escondería junto a la moderación que durante años ha exhibido como carta de presentación política.
La moderación, en política, no consiste en hablar bajo ni en sonreír con prudencia. No consiste en envolver las decisiones con palabras amables. La moderación se demuestra en los límites que uno se niega a cruzar, incluso cuando cruzarlos garantiza conservar el poder.
Y el límite ha quedado cruzado.
El Partido Popular andaluz ha pactado con Vox la investidura y la entrada de la extrema derecha en el Gobierno de Andalucía, concediéndole una vicepresidencia y aceptando elementos programáticos que hasta hace poco parecían incompatibles con el relato de la llamada “vía andaluza”.
Entre ellos, la denominada “prioridad nacional”, una fórmula que convierte el origen de las personas en criterio político para el acceso a derechos, ayudas y recursos públicos. No es una simple negociación presupuestaria. No es una cesión administrativa menor. Es una decisión de fondo: aceptar que la exclusión pueda ocupar un lugar en la arquitectura moral de un Gobierno.
Se dirá que Vox tiene votos. Es cierto. Se dirá que la aritmética parlamentaria obliga. También es cierto que ningún gobierno puede ignorar la aritmética. Pero la política no es solo una suma de escaños; también es una suma de renuncias, de fronteras morales y de responsabilidades.
Quien presume de centrismo debe explicar por qué considera compatible su proyecto con quienes cuestionan la violencia machista, atacan las políticas de memoria democrática, convierten la inmigración en amenaza permanente y presentan los derechos sociales como una mercancía reservada para unos frente a otros.
No basta con decir que el acuerdo es “proporcional”, “necesario” o “responsable”. Todo pacto tiene un precio. La cuestión es quién lo paga.
En este caso, lo pagan quienes quedan señalados por su origen; quienes ven sus derechos convertidos en objeto de sospecha; quienes comprueban que la igualdad puede rebajarse a una consigna negociable; y quienes votaron pensando que la moderación del Partido Popular era algo más que una estrategia electoral.
La máscara ha caído, no porque Moreno Bonilla haya dejado de hablar con tono moderado, sino porque ha demostrado que ese tono podía convivir con una decisión radicalmente distinta. La forma sigue siendo templada; el fondo ya no puede ocultarse. El Partido Popular lleva años defendiendo que representa la estabilidad, la sensatez y la centralidad política. Pero la estabilidad no puede consistir en entregar parcelas de gobierno a quienes quieren recortar libertades, debilitar políticas de igualdad y levantar barreras entre ciudadanos según su procedencia.
Groucho Marx decía que tenía principios, pero que, si no gustaban, tenía otros. El problema del Partido Popular no es que haya descubierto la flexibilidad política. Todos los partidos negocian. El problema es haber convertido los principios en material fungible: hoy se llama radical a quien ayer se necesitaba; mañana se presenta como socio institucional a quien antes se denunciaba como amenaza.
La espada de Trajano no era un arma contra sus adversarios. Era un compromiso contra sí mismo. Una advertencia: el poder solo merece respeto cuando acepta ser juzgado. Moreno Bonilla ha elegido otro camino. No ha puesto la espada sobre la mesa para que Andalucía valore su gobierno. Ha preferido guardarla, cubrirla con palabras prudentes y confiar en que nadie mire demasiado de cerca lo que se ha firmado.
Pero las espadas, como la historia, terminan saliendo de la vaina.





