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La invasión de Afganistán, una operación encabezada por Estados Unidos bajo el nombre de 'Libertad Duradera' tras los ataques del 11 de septiembre de 2001, cumple este 7 de octubre 25 años, con los talibán de nuevo en el poder desde agosto de 2021 y entre denuncias sobre el apoyo del grupo a organizaciones terroristas como Al Qaeda y el aumento de las tensiones con Pakistán, antiguo valedor de la formación fundada por el mulá Mohamed Omar.
Los atentados del 11-S, los más mortíferos en la historia del país norteamericano, llevaron al entonces presidente estadounidense, George W. Bush, a fijar su atención en Afganistán debido a la cobertura que recibía Al Qaeda del Emirato Islámico de Afganistán y a que varios de los implicados —la mayoría de ellos, saudíes como el líder del grupo, Osama bin Laden— habían recibido entrenamiento en el país.
En un primer momento, reclamó al líder de los talibán, el mulá Omar, que entregara a «los líderes de Al Qaeda» presentes en Afganistán, una petición respondida con una negativa desde Kabul, lo que llevó a Washington a preparar planes de invasión que contarían con el objetivo declarado de derribar al gobierno de los fundamentalistas, surgido del caos de la Guerra de Afganistán (1978-1992) y la fragmentación del país en manos de diversos 'señores de la guerra' financiados por el narcotráfico y el tráfico de armas.
Así, los talibán fueron fundados en un momento en el que el gobierno establecido tras la retirada de las tropas soviéticas tras una década de combates con las fuerzas muyahidín no fue capaz de establecer el orden en Afganistán, lo que derivó en una guerra civil entre 1992 y 1996, cuando este grupo, surgido en zonas de mayoría pastún del sur del país, logró hacerse con Kabul y establecer el Emirato Islámico de Afganistán.
La llegada de los talibán al poder con su mensaje de rigorismo islámico y lucha contra la corrupción y la violencia supuso el derrocamiento del Estado Islámico de Afganistán —surgido del Acuerdo de Peshawar, firmado con la caída del gobierno prosoviético—, que pasó automáticamente a funcionar como un gobierno en el exilio encabezado por la Alianza del Norte, que sería el principal apoyo sobre el terreno para los planes estadounidenses en octubre de 2001.
Fue precisamente este ascenso de los talibán lo que abrió la puerta al traslado de Bin Laden y su base de operaciones al país centroasiático, después de su expulsión de Sudán por la creciente presión de Estados Unidos, formando una coalición que permitió a los fundamentalistas consolidar su poder y legislar a través de una interpretación profundamente rigorista de la 'sharia', limitando drásticamente el espacio civil y apartando a las mujeres y las niñas, que quedaron silenciadas y reducidas a las labores del hogar.
Sin embargo, el régimen talibán colapsó por la ofensiva militar encabezada por Estados Unidos, en la que jugó un papel un entonces poco conocido líder tribal pastún, Hamid Karzai, enfrentado a los fundamentalistas. La derrota del grupo quedó materializada con la caída de Kandahar, su centro espiritual y de poder, durante la jornada del 6 de octubre de 2001, un hecho que abrió la puerta a que el propio Karzai, con apoyo de Estados Unidos, fuera aupado al poder en el país centroasiático.
Sin embargo, la invasión no derivó en la captura de figuras como Bin Laden o el mulá Omar. Estos se retiraron a zonas de Pakistán situadas cerca de la frontera, desde donde continuaron tramando operaciones y planes para acometer una guerra de guerrillas e insurgencia que permitieron a los talibán socavar a las nuevas autoridades —cuya legitimidad estaba muy cuestionada— y golpear con dureza a las fuerzas de seguridad y las tropas internacionales a partir de 2005.
La situación llevó al entonces presidente estadounidense, Barack Obama, a ordenar un refuerzo del despliegue de tropas a partir de 2009 y reemplazar al comandante de operaciones, David McKiernan, así como a incrementar los ataques con drones contra objetivos de estos grupos en Pakistán, en muchas ocasiones sin notificación o coordinación con Islamabad, ante las sospechas de que estuvieran dando apoyo a los huidos.
La política interna afgana estuvo mientras tanto marcada por la falta de avances en los procesos de reforma y la lucha contra la corrupción, con Karzai como cara principal de este fracaso entre la población, lo que permitía a los talibán impulsar con éxito su campaña de propaganda para deslegitimar a las nuevas autoridades, incapaces de abordar los problemas y respaldadas por una fuerza extranjera.
En este contexto, la muerte de Bin Laden en una operación estadounidense en la ciudad paquistaní de Abbottabad en mayo de 2011, y el posterior inicio de contactos entre Estados Unidos y los talibán, llevó a Obama a anunciar un calendario de retirada de tropas de Afganistán, con la salida de fuerzas de la OTAN a finales de 2014 coincidiendo con un cambio de guardia al frente del país con la salida del poder de Karzai y el ascenso de Ashraf Ghani tras unas elecciones celebradas unos meses antes.
La llegada al poder de Ghani no se tradujo en el impulso político esperado y estuvo acompañada por una continuada parálisis institucional y disputas con su principal rival, Abdulá Abulá, en torno a los resultados electorales y la agenda política y social, lo que incrementó el hastío de la población, afectada por el ahondamiento de una crisis humanitaria y económica que siguió dando espacios a los talibán para recuperar espacios de influencia.
Asimismo, los fundamentalistas incrementaron sus ataques en medio del repliegue, lo que les permitió ganar terreno y aprovechar la escasa popularidad del Ejecutivo de Ghani para lograr una posición de fuerza suficiente como para que el presidente estadounidense en esa época, Donald Trump, iniciara conversaciones y firmara en febrero de 2020 un acuerdo de paz con el grupo.
El acuerdo, firmado en Qatar tras unas conversaciones en las que no participaron las autoridades afganas, contemplaba la retirada total de tropas de Afganistán a cambio de que los talibán participaran en conversaciones de paz con Kabul y evitaran que Al Qaeda y Estado Islámico operaran en Afganistán.
Washington procedió al repliegue a pesar de la falta de avances en las conversaciones intraafganas y los progresos territoriales de los talibán y, si bien la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca llevó a un aplazamiento de la fecha de la retirada, la situación no mejoró para unas autoridades afganas que terminaron por colapsar por fallos de comunicación y divisiones internas, permitiendo a los insurgentes avanzar rápidamente y tomar Kabul el 15 de agosto.
La toma de la capital tuvo lugar tras la huida de Ghani, después de una década en el poder marcada por las denuncias por corrupción y falta de reformas, y en pleno proceso de evacuación de militares y civiles que querían escapar del retorno al poder de los fundamentalistas tras 20 años de conflicto. Esto dejó unas escenas que supusieron una losa para la estrategia de Estados Unidos en Afganistán, que dos décadas después volvió a estar bajo mando del grupo, ahora comandado por Hebatulá Ajundzada y sin cambios a nivel estratégico o ideológico.
De hecho, los cinco años que han pasado desde el restablecimiento del Emirato Islámico han estado marcados por un nuevo retroceso en los escasos avances durante el binomio Karzai-Ghani, incluida una nueva reclusión de mujeres y niñas, apartadas de la educación y el sector laboral, y un endurecimiento del control del espacio civil en un país sumido en una profunda crisis económica y un bloqueo de la comunidad internacional, que sigue sin reconocer a los talibán como un gobierno legítimo.





